Leyenda Rumana
En Rumanía no todos los vampiros están muertos. Algunos respiran, y solo se diferencian de las personas normales en que por las noches su alma abandona el cuerpo y deambula en forma de mariposa, polilla o pequeña luminaria. Bajo esta forma pueden absorber la energía de humanos y de animales domésticos y cometer todo tipo de maldades.
Ocurrió una vez en Siret, cerca de la frontera con Ucrania, que tres soldados viajaban en carreta junto a un anciano, buscando algún lugar en el que conseguir un poco de heno. Se había hecho ya de noche, por lo que pararon en una casa solitaria que se erguía al lado del camino en un claro del bosque.
La mujer de la casa los recibió con amabilidad. Invitó a los soldados y al anciano a pasar a la cocina y le sirvió a cada uno un cuenco de pudin de maíz, tras lo cual abandonó su compañía, aduciendo que tenía otras labores de las que ocuparse.
Cuando terminaron de comer, los soldados quisieron buscar a la buena mujer para darle las gracias, pero esta no aparecía en ninguna de las habitaciones de la casa. Decidieron entonces subir al desván, a ver si se encontraba allí. Al entrar, la vieron tirada en el suelo junto a otros seis cuerpos inertes.
Ninguno de los cuerpos se movía lo más mínimo; estaban como paralizados, con la mirada fija en el techo y la boca abierta. Había mucho de antinatural en su inmovilidad, parecían cáscaras vacías, casi cadáveres.
―¡Strigoi! ―exclamó el anciano con horror.
Él y los soldados huyeron escaleras abajo, montaron en la carreta y se alejaron de la casa lo más deprisa que podían. Cuando, ya a una distancia prudencial, volvieron la vista atrás, vieron cómo siete pequeñas luces salían de detrás de la casa y se dirigían camino arriba hacia ellos.
Eran estas las almas de los vampiros. Si los soldados le hubieran dado la vuelta a los siete cuerpos del desván, nunca hubieran podido volver a entrar en ellos.
Según la tradición, las almas de los vampiros vivientes se reúnen con los vampiros muertos a las afueras de los pueblos, allí en donde no se oye el canto del cuco ni el ladrido del perro, y aprenden de ellos gran cantidad de conjuros y hechizos maléficos, y unos y otros se reparten las personas a las que planean hacer daño como si estas fuesen cabezas de ganado. Los campesinos rumanos no distinguen entre un tipo u otro de vampiro, y a ambos los denominan con el mismo término.
viernes, 3 de mayo de 2013
HOLANDA
Leyenda Holandesa
Según la tradición, el Holandés Errante o el Holandés Volador (De Vliegende Hollander) es un barco fantasma que no puede volver a puerto, condenado a vagar para siempre por los océanos del mundo.
El capitán holandés Bernard Fokke fue célebre por la extraña velocidad de crucero que alcanzaba en las travesías entre Holanda y Java, por lo que se sospechaba que había firmado un trato con el demonio. En algunas versiones holandesas el capitán recibe el nombre de Falkenburg. El caso es que se dice que éste juró, de cara a una tormenta, que no daría marcha atrás hasta haber doblado el Cabo de Buena Esperanza, aunque le costase llegar al Juicio Final. Se ha hablado también de un horrible crimen cometido a bordo del barco; e incluso de una terrible epidemia que infectó a la tripulación, a la que por ese motivo no se permitió desembarcar en ningún puerto, siendo condenados desde entonces —barco y marineros— a navegar eternamente, sin posibilidad de pisar tierra. El velero es siempre oteado en la distancia, a veces resplandeciendo con una luz fantasmal. Si otro barco lo saluda, su tripulación tratará de hacer llegar sus mensajes a tierra, a personas muertas siglos atrás. Y al capitán se le permitía bajar a tierra una vez cada varios cientos de años para tratar de hallar una mujer con la que compartir su maldición.
El capitán holandés Bernard Fokke fue célebre por la extraña velocidad de crucero que alcanzaba en las travesías entre Holanda y Java, por lo que se sospechaba que había firmado un trato con el demonio. En algunas versiones holandesas el capitán recibe el nombre de Falkenburg. El caso es que se dice que éste juró, de cara a una tormenta, que no daría marcha atrás hasta haber doblado el Cabo de Buena Esperanza, aunque le costase llegar al Juicio Final. Se ha hablado también de un horrible crimen cometido a bordo del barco; e incluso de una terrible epidemia que infectó a la tripulación, a la que por ese motivo no se permitió desembarcar en ningún puerto, siendo condenados desde entonces —barco y marineros— a navegar eternamente, sin posibilidad de pisar tierra. El velero es siempre oteado en la distancia, a veces resplandeciendo con una luz fantasmal. Si otro barco lo saluda, su tripulación tratará de hacer llegar sus mensajes a tierra, a personas muertas siglos atrás. Y al capitán se le permitía bajar a tierra una vez cada varios cientos de años para tratar de hallar una mujer con la que compartir su maldición.
ESCOCIA
El fantasma de la gorra roja
Leyendas escocesa
En el siglo XIV, Lord Soulis cruel y traicionero poseía el castillo de Hermitage. Tenía un espíritu familiar encerrado llamado el fantasma de gorra roja, descrito como un viejo horrible con colmillos como dientes, con botas de hierro y una gorra roja sobre su cabeza. Esperaba por la noche a los viajeros perdidos para matarlos y transportar su sangre en su gorra, y de ahí le viene el nombre.Durante siglos, el espectro horroroso de “Redcap Sly” embrujó el calabozo en Hermitage Castle donde Lord Soulis había visto al maligno espíritu. Y se dice que aún hoy merodea por las ruinas del castillo.
En el siglo XIV, Lord Soulis cruel y traicionero poseía el castillo de Hermitage. Tenía un espíritu familiar encerrado llamado el fantasma de gorra roja, descrito como un viejo horrible con colmillos como dientes, con botas de hierro y una gorra roja sobre su cabeza. Esperaba por la noche a los viajeros perdidos para matarlos y transportar su sangre en su gorra, y de ahí le viene el nombre.Durante siglos, el espectro horroroso de “Redcap Sly” embrujó el calabozo en Hermitage Castle donde Lord Soulis había visto al maligno espíritu. Y se dice que aún hoy merodea por las ruinas del castillo.
ESCOCIA
El catillo de Edimburgo

Leyenda escocesa
El castillo esta lleno de pasadizos secretos, sótanos, y túneles, incluyendo uno que se cree que sirve para conectar con el Palacio de Hollyrood. La leyenda cuenta que se le dio orden a un soldado de explorar si uno de los túneles comunicaba directamente con Hollyrood, pero se perdió y quedó allí para siempre, aun hoy hay quien se queda inmóvil de miedo al escuchar entre las frías paredes una triste canción, la canción que entonaba aquel soldado.
El castillo esta lleno de pasadizos secretos, sótanos, y túneles, incluyendo uno que se cree que sirve para conectar con el Palacio de Hollyrood. La leyenda cuenta que se le dio orden a un soldado de explorar si uno de los túneles comunicaba directamente con Hollyrood, pero se perdió y quedó allí para siempre, aun hoy hay quien se queda inmóvil de miedo al escuchar entre las frías paredes una triste canción, la canción que entonaba aquel soldado.
FRANCIA
El Monte Saint Michel

Leyenda francesa
Cuentan que el Demonio, que había adquirido cuerpo de dragón marino, aterrorizaba a las pobres gentes del lugar allá por el siglo VIII. Desde el cielo, y compadeciéndose de los pobres mortales, el arcángel San Miguel, líder de los ejércitos celestiales, fue enviado junto a sus tropas para acabar con tan terrible amenaza.Así pues, se dirigió San Miguel hasta el monte Tombe y allí comenzó la cruenta batalla que llegó a ser terriblemente feroz. Finalmente, San Miguel y sus tropas se alzaron con la victoria al cortar aquel la cabeza del maléfico dragón con su espada divina. Cuentan que el Obispo de Avranches, San Auberto, presenció la violenta contienda y que, en noches sucesivas, recibió en sueños mensajes enviados por el propio arcángel. En ellos le pedía que construyera un monumento en conmemoración de la victoria del bien sobre las fuerzas oscuras, en el mismo lugar en el que aquella había tenido lugar. Y en año 709 se fundó la abadía de Saint-Michel
Polonia
El dragon de Krakovia
Leyenda Polaca
Según quien la cuente, se orián varias versiones. Resulta que el dragón atemorizaba a toda la ciudad, y en una ocasión se intentó comer a una princesa (otros dicen que el dragon exigian ganado y mujeres para comer y que cuando solo quedaba lahija del rey este pensó en hacer algo), así que un campesino (algunos dicen que un zapatero) le dió de comer una oveja llena de pólvora, y tras la comida, al dragón le dio sed (normal...) y bebió agua del río Vistula, que está justo enfrente, y la pólvora explotó, matando al dragón, que echó fuego por la boca. De ahí viene la leyenda de que los dragones echan fuego por la boca
Dinamarca
La formacion de Zealand
Leyenda Danesa
En la época en que el rey Gylfe reinaba en Suecia, llegó a visitarlo una mujer de rara hermosura. El príncipe fue seducido por la belleza de la dama y por la dulzura y armonía de su canto. Después que ella hubo permanecido durante varios días en Palacio, el Rey le preguntó qué deseaba que le ofreciera él en prueba de gratitud por el placer que le había causado con su presencia y con su canto. Estaban el Rey y la dama en una habitación de palacio y los servidores habían traído copas con hidromiel, con el que habían brindado.
Al fin, ella respondió:
- ¡Oh señor!, grande es tu generosidad. Yo te pido sólo una parte de tus tierras. No temas que vaya a mutilar tu reino; quiero sólo el trozo que yo pueda labrar durante veinticuatro horas con la ayuda de cuatro bueyes.
El Rey contestó:
- Poco es lo que me pides. Te lo concedo gustosamente.
Mas esta mujer no era de raza humana, sino que pertenecía a la familia de los Ases - dioses bienhechores escandinavos - y se llamaba Gefion. Hizo venir a cuatro hijos que había tenido de un gigante en el Iothunheim, y los cambió en bueyes; después los unció al arado. Trazó luego un surco alrededor del terreno que había elegido, y el surco fue tan profundo que toda la parte que rodeaba fue separada del continente. Entonces ella unció sus bueyes a este trozo de tierra y los aguijó de modo que la arrastrasen hasta el mar. Una vez que estuvieron en la orilla, los sumergió en el agua y los llevó hasta meter el trozo de tierra en el Øresund. Y así nació la isla que se llamó ZealandIsla donde está situada la capital de Dinamarca
Cuando el Rey supo lo sucedido, fue a ver el trozo de donde había sido arrancado y arrastrado el terreno de la isla. Allí se había formado un lago que tomó el nombre de Vänern. Es curioso notar que este lago tiene exactamente la misma forma que Zealand. Si en ésta hay un cabo, en el lago se dibuja en el mismo sitio un golfo. Aún hoy la isla y el lago, tienen la misma forma.
En la época en que el rey Gylfe reinaba en Suecia, llegó a visitarlo una mujer de rara hermosura. El príncipe fue seducido por la belleza de la dama y por la dulzura y armonía de su canto. Después que ella hubo permanecido durante varios días en Palacio, el Rey le preguntó qué deseaba que le ofreciera él en prueba de gratitud por el placer que le había causado con su presencia y con su canto. Estaban el Rey y la dama en una habitación de palacio y los servidores habían traído copas con hidromiel, con el que habían brindado.
Al fin, ella respondió:
- ¡Oh señor!, grande es tu generosidad. Yo te pido sólo una parte de tus tierras. No temas que vaya a mutilar tu reino; quiero sólo el trozo que yo pueda labrar durante veinticuatro horas con la ayuda de cuatro bueyes.
El Rey contestó:
- Poco es lo que me pides. Te lo concedo gustosamente.
Mas esta mujer no era de raza humana, sino que pertenecía a la familia de los Ases - dioses bienhechores escandinavos - y se llamaba Gefion. Hizo venir a cuatro hijos que había tenido de un gigante en el Iothunheim, y los cambió en bueyes; después los unció al arado. Trazó luego un surco alrededor del terreno que había elegido, y el surco fue tan profundo que toda la parte que rodeaba fue separada del continente. Entonces ella unció sus bueyes a este trozo de tierra y los aguijó de modo que la arrastrasen hasta el mar. Una vez que estuvieron en la orilla, los sumergió en el agua y los llevó hasta meter el trozo de tierra en el Øresund. Y así nació la isla que se llamó ZealandIsla donde está situada la capital de Dinamarca
Cuando el Rey supo lo sucedido, fue a ver el trozo de donde había sido arrancado y arrastrado el terreno de la isla. Allí se había formado un lago que tomó el nombre de Vänern. Es curioso notar que este lago tiene exactamente la misma forma que Zealand. Si en ésta hay un cabo, en el lago se dibuja en el mismo sitio un golfo. Aún hoy la isla y el lago, tienen la misma forma.
Lituania
Mary Rose de turaida

Leyenda Letona
Cuenta la leyenda que la bella May Rose vivía en el Castillo de Turaida desde bien pequeña y se enamoró de Victor, un jardinero de dicho castillo. Se encontraban en secreto dentro de la cueva (a mitad de camino de los dos castillos). Un malogrado día fue secuestrada por uno de los soldados engañándola haciendo ver que traia una carta de su amado. Cuando llegó a la cueva, la secuestró, pero ella, a cambio de su libertad, quiso entregarle un collar que llevaba indicándole que tenía poderes y que le haría una demostración. Esto quedó en el misterio, pero fue asesinada por el soldado que más tarde fue capturado y colgado por su crimen.
Tambien cuentan que era muy bella y que tenia un novia, que un general se fijo en ella pero que lo le hacia ccaso, que falsifico una carta del novia y se reunio con ella en un cueva, lso dos solos, ella le dijoq ue era una bruja y que no moriria si la estrangulaba, él lo hizo y ella murio, asi que al acabo en prision por asesinato y la tumba de ella estaba bajo la iglesia luterana de madera, dle parque.
Así que existen documentos de la Corte dando credibilidad a esta historia y a dia de hoy se le rinde homenaje a la bella Turaida en una gran piedra grabada en su memoria
Tambien cuentan que era muy bella y que tenia un novia, que un general se fijo en ella pero que lo le hacia ccaso, que falsifico una carta del novia y se reunio con ella en un cueva, lso dos solos, ella le dijoq ue era una bruja y que no moriria si la estrangulaba, él lo hizo y ella murio, asi que al acabo en prision por asesinato y la tumba de ella estaba bajo la iglesia luterana de madera, dle parque.
Así que existen documentos de la Corte dando credibilidad a esta historia y a dia de hoy se le rinde homenaje a la bella Turaida en una gran piedra grabada en su memoria
Alemania
leyenda alemana
Las ondinas
En Epfenbach, cerca de Sinzheim, todas las noches tres hemosas jóvenes vestidas de blanco entraban en la habitación del pueblo donde se reunía la gente para hilar. Siempre aportaban nuevas canciones y nuevas melodías, conocían bellos cuentos y juegos divertidos. Sus ruecas y sus husos tenían también algo particular. Ninguna hiladora sabía torcer el hilo con tanta finura y agilidad como ellas. Todas las noches, al dar las once, se levantaban, hacían un paquete con sus ruecas y se retiraban, a pesar de todas las súplicas de la asamblea. Nadie sabía de dónde venían y adónde se iban. Simplemente las llamaban "las hijas o las hermanas del lago". Los muchachos las veían con placer y varios se enamoraron de ellas, sobre todo el hijo del maestro de la escuela. Nunca se cansaba de escucharlas y de hablar con ellas. Y nada le apenaba tanto como el verlas partir tan temprano. Un día tuvo una idea. Hizo retrasar el reloj del pueblo una hora y, por la noche, entretenidos con la conversación y las bromas, nadie se dio cuenta de la hora real. Entonces, cuando el reloj dio las once, las tres jóvenes se levantaron, juntaron sus ruecas y se marcharon. Al día siguiente, algunas personas, al pasar junto al lago, oyeron unos gemidos y vieron tres manchas de sangre en la superficie del agua. Nunca más volvieron a ver a las tres hermanas. El hijo del maestro, afectado por una languidez enfermiza, murió poco tiempo después. En las tres hermanas, dulces, amables y laboriosas, nada indicaba la frecuentación del espíritu de las tinieblas. Se recordó tan solo que los bajos de sus vestidos tenían a menudo el dobladillo mojado, única señal por la que se podía reconocer a las ondinas.
Las ondinas En Epfenbach, cerca de Sinzheim, todas las noches tres hemosas jóvenes vestidas de blanco entraban en la habitación del pueblo donde se reunía la gente para hilar. Siempre aportaban nuevas canciones y nuevas melodías, conocían bellos cuentos y juegos divertidos. Sus ruecas y sus husos tenían también algo particular. Ninguna hiladora sabía torcer el hilo con tanta finura y agilidad como ellas. Todas las noches, al dar las once, se levantaban, hacían un paquete con sus ruecas y se retiraban, a pesar de todas las súplicas de la asamblea. Nadie sabía de dónde venían y adónde se iban. Simplemente las llamaban "las hijas o las hermanas del lago". Los muchachos las veían con placer y varios se enamoraron de ellas, sobre todo el hijo del maestro de la escuela. Nunca se cansaba de escucharlas y de hablar con ellas. Y nada le apenaba tanto como el verlas partir tan temprano. Un día tuvo una idea. Hizo retrasar el reloj del pueblo una hora y, por la noche, entretenidos con la conversación y las bromas, nadie se dio cuenta de la hora real. Entonces, cuando el reloj dio las once, las tres jóvenes se levantaron, juntaron sus ruecas y se marcharon. Al día siguiente, algunas personas, al pasar junto al lago, oyeron unos gemidos y vieron tres manchas de sangre en la superficie del agua. Nunca más volvieron a ver a las tres hermanas. El hijo del maestro, afectado por una languidez enfermiza, murió poco tiempo después. En las tres hermanas, dulces, amables y laboriosas, nada indicaba la frecuentación del espíritu de las tinieblas. Se recordó tan solo que los bajos de sus vestidos tenían a menudo el dobladillo mojado, única señal por la que se podía reconocer a las ondinas.
Inglaterra
Leyenda Inglesa
El Castillo de Old Wardour, en Wiltshire, se encuentra en un área rural muy recogida, con vistas a un lago, el crepúsculo anuncia un momento siniestro en este castillo, ya que fue aquí donde Lady Blanche Arundell, una realista en épocas de la Guerra Civil inglesa, en el siglo XVII, fue sitiada con sus siervos por los hombres de Cromwell durante casi un mes. El castillo fue tomado al final de este plazo, y Lady Blanche Arundell apresada y ejecutada. Se dice que su fantasma camina cada atardecer desde el castillo hasta el lago, mientras un aire frío invade la atmósfera.
El Castillo de Old Wardour, en Wiltshire, se encuentra en un área rural muy recogida, con vistas a un lago, el crepúsculo anuncia un momento siniestro en este castillo, ya que fue aquí donde Lady Blanche Arundell, una realista en épocas de la Guerra Civil inglesa, en el siglo XVII, fue sitiada con sus siervos por los hombres de Cromwell durante casi un mes. El castillo fue tomado al final de este plazo, y Lady Blanche Arundell apresada y ejecutada. Se dice que su fantasma camina cada atardecer desde el castillo hasta el lago, mientras un aire frío invade la atmósfera.
Irlanda
Leyenda irlandesa

En tiempos tan antiguos que sólo los recuerdan aquellos a quienes se los han contado sus abuelos, vivía en la parroquia de Gyleen, en el condado de Cork, sobre la costa del Mar de Erín, al extremo sur de la Isla Esmeralda, un joven de nombre John Shea, el cual cortejaba a tres doncellas del pueblo, sin poder decidir cuál de ellas le agradaba más. Y un día en que regresaba a su casa con sus hermanas, luego de haber concurrido a la feria del pueblo de Kinsale, éstas comenzaron a interrogarlo:
—Dime, John —preguntó Susyann, la mayor—, ¿por qué no te casas de una vez? ¿Qué esperas para decidirte por Annie, Maggie o Peg?
—No puedo contestarles eso hasta que no esté seguro de cuál de ellas desea lo mejor para mí —respondió el muchacho.
—¿Y cómo harás para averiguarlo? —inquirió la otra.
—Para saberlo, hace falta que muera alguien en la parroquia —agregó John enigmáticamente—. Sólo entonces podré decírselos.
A las dos semanas de esta conversación murió el herrero del pueblo, y John acudió al velatorio y al día siguiente al funeral. Sin embargo, al llegar al cementerio, el joven no se acercó al lugar del entierro, sino que permaneció a cierta distancia, junto a un mausoleo bastante deteriorado, que distaba algunos metros de la fosa y, cuando la comitiva se retiró, aún permaneció algunos minutos allí, meditando profundamente. Luego puso su bastón de saúco junto a la puerta del panteón, echó una mirada a su alrededor, como si despertara de un profundo sueño, y emprendió lentamente el camino de su casa, dejando el bastón junto a la entrada de la bóveda.
Una vez en su casa y luego de cenar, John se dirigió a la taberna del pueblo, donde solía reunirse con otros jóvenes amigos, y dio la casualidad de que sus tres novias se hallaban allí presentes, aunque el muchacho estaba tan callado que sus acompañantes no pudieron menos que notarlo.
—¿Qué pasa que estás tan callado esta noche, John? —preguntó una de las damiselas.
—Es que lamento haber perdido mi hermoso bastón de saúco —respondió el joven.
—¿Y cómo fue que lo extraviaste? —preguntó su amiga.
—En realidad, no fue que lo perdiera —explicó John—, sino que lo dejé olvidado junto al mausoleo que está cerca de la tumba donde hoy enterraron al herrero.
—¿Y qué piensas hacer al respecto? —se interesó Maggie, una de las candidatas.
—Yo, nada; pero estuve pensando que aquélla de ustedes tres que vaya a buscármelo esta noche será la que elija como esposa. ¿Quién de las tres irá por él?
—¡Pues yo, ni loca! —respondió Annie, la mayor de las tres.
—¿Y tú, Peggy? —preguntó John.
No iría al cementerio de noche ni aunque tuviera que quedarme soliera hasta el fin de los tiempos —contestó la aludida, en forma terminante.
—¿Y qué me dices tú, Maggie? —continuó el muchacho—. Si vas a buscarme el bastón, me casaré contigo.
—Iré a buscártelo —accedió la joven—, pero luego más te valdrá que cumplas con tu promesa, o lo lamentarás toda tu vida.
—Puedes estar segura de que lo haré.
Y ante esta confirmación, la muchacha dejó el salón y se dirigió al cementerio, que se encontraba a no más de tres millas de distancia de la taberna. Al cabo de unos minutos de caminata llegó al camposanto, cruzó la puerta entreabierta y se dirigió directamente a la bóveda, guiándose por la tumba recién cubierta. Pero cuando estaba por tomar el bastón, que seguía junto a la entrada, oyó una profunda voz que parecía venir del interior de la cripta:
—Deja el bastón donde está y abre el panteón —ordenó la voz.
Las rodillas de Maggie comenzaron a temblar y sus dientes castañeteaban de terror, pero el mismo miedo le impedía negarse a lo que la voz le exigía.
—Ahora abre la tapa del cajón que hay a tu derecha —volvió a ordenar el muerto, pues Maggie ya estaba segura de que de eso se trataba—. ¡Sácame de aquí y cárgame a tu espalda!
Incapaz de negarse, la muchacha descorrió la tapa, se echó el cadáver a la espalda y salió de la cripta.
—Sal del cementerio y llévame hasta la primera casa que hay sobre el camino real —insistió la perentoria voz y la muchacha volvió a obedecer.
—¡No! ¡Aquí no podemos entrar! —exclamó el muerto—. Aquí dentro tienen una pila de agua bendita y no puedo soportarla. ¡Llévame a la casa de al lado!
Obedeció la joven y tampoco pudieron ingresar a esa casa, pues los habitantes tenían una cruz colgada en el interior de la puerta. Finalmente fueron a la tercera casa y el cadáver estuvo de acuerdo con la elección:
—Está bien, entra aquí. Éstos no tienen agua bendita ni cruces, así que nos podemos quedar.
Maggie entró en la casa cargando con el cuerpo, y la voz le ordenó:
—Ahora, tráeme una silla y ponme sentado en ella junto al fuego. Luego, búscame algo de comida y de bebida.
La muchacha obedeció, lo sentó frente al hogar, que estaba encendido, y buscó por la casa, regresando con un plato de guiso de lentejas, pero sin bebida alguna.
—Para beber sólo puedo ofrecerte un jarro de agua sucia —dijo al muerto.
—Entonces, tráeme un tazón y un cuchillo afilado.
Y cuando ella regresó con lo pedido, le ordenó:
—Cárgame de nuevo y llévame a la habitación de arriba, y no te olvides el tazón.
Así lo hizo, y juntos entraron en el dormitorio, en el cual dormían tres niños, hijos del dueño de casa; y mientras Maggie sostenía el tazón, el muerto fue cortando las muñecas de los chicos y recogiendo en el tazón la sangre que manaba de las heridas.
—Esto es para que sus padres aprendan —explicó el cadáver parlante—. Si hubieran tenido agua fresca y limpia en la casa, no les habría sacado la sangre —continuó, mientras cerraba las heridas de tal forma que no se notaba ni la menor señal de los cortes—. Ahora mezcla esto con el guiso de lentejas, y sirve un plato para mí y otro para ti.
Ella tomó dos cucharas y otros tantos platos de la alacena, sirvió una porción de guiso en cada uno, después de mezclarle la sangre, v ungió comer, aunque, en realidad, escondía el guiso en un pañuelo que llevaba al cuello, hasta que vació el plato.
—¿Te has comido tu parte? —preguntó el muerto.
—Sí —respondió la muchacha.
—Pues yo casi he terminado la mía, así que ya puedes lavar los platos y regresarlos al aparador.
Maggie hizo lo que le mandaba, aunque no se preocupó de lavarlos, y regresó junto al cadáver.
—Ahora, cárgame de nuevo y llévame de vuelta al sitio donde me encontraste —ordenó éste.
—¿Y cómo podría hacerlo? —se quejó ella—. ¡Si casi me muero cuando te traía, menos aún voy a poder hacerlo ahora, que has comido tanto!
—Es que tú también estarás más fuerte después de comer, así que me puedes llevar de vuelta a la bóveda.
Así que Maggie no tuvo más remedio que cargarlo contra su voluntad, pero antes envolvió la comida en el pañuelo y lo escondió dentro de un profundo agujero junto a la puerta de la cocina, donde los dueños introducían la tranca para asegurar la hoja de madera. Luego se echó el cadáver de nuevo a la espalda y emprendió el regreso al camposanto, pero esta vez cortó camino a través de un espacioso solar, siguiendo las órdenes del muerto. Pero cuando estaban al otro lado del terreno baldío, la muchacha le preguntó si había alguna cura para los niños a los que acababa de sacar la sangre.
—No hay más cura que una —respondió el cadáver—, pero sólo se le podría administrar si hubiera quedado algo del guiso con sangre, pues entonces, con tres bocados puestos en la lengua de cada uno de ellos se les devolvería la vida, y ni siquiera sabrían que estuvieron muertos por un tiempo.
"Entonces —pensó Maggie— todavía hay tiempo para salvarlos, y lo voy a hacer en cuanto regrese a la casa".
—¿Ves ese campo? —la voz del muerto la distrajo de sus pensamientos.
—Sí.
—Bueno, pues debes saber que allí hay enterrado tanto oro como para hacer ricas a varias familias de este condado. ¿Ves esos tres lechtans? Debajo de cada uno de ellos hay una enorme olla llena de monedas de oro.
En ese momento, las palabras del muerto se vieron interrumpidas por el canto de un gallo, justo cuando llegaban al portal del cementerio.
—Canta el gallo —dijo entonces Maggie—. Está siendo hora de que regreses a tu ataúd.
—Todavía queda un rato; ese gallo está muy apurado por despertarse.
Un instante después se repitió el canto y Maggie dijo:
—Escucha, está cantando por segunda vez.
—No, ése es otro gallo apurado, no sabe lo que hace.
Mientras se acercaban a la puerta del mausoleo, se escuchó un tercer canto.
—Bueno, ése tiene que ser el gallo correcto —dijo la joven.
—Muchacha, este último gallo te ha salvado la vida. De no ser por él, te hubiera llevado conmigo a la cripta y jamás habrías salido de allí. Y de haber sabido yo que ese gallo cantaría tan pronto, tú no sabrías lo que ahora sabes sobre ese campo y las ollas de oro. Colócame rápido en el ataúd donde me encontraste, pero tómate tu tiempo y hazlo bien, porque ahora ya no puedo hacerte ningún daño.
—¿Me dirás quién eres, antes de que me vaya?
—¿Alguna vez has oído hablar de un hombre llamado Edward Derrihy, o de su hijo Michael? —preguntó el muerto, mientras ella lo colocaba en el féretro.
—Muchas veces he oído a mis padres hablar de ellos.
—Bueno, entonces te diré que Edward Derrihy era mi padre y que yo soy Michael. Ese bastón de saúco que has venido a buscar esta noche al cementerio ha sido tu prenda de buena suerte, aunque estoy seguro de que si hubieses sabido el peligro que te acechaba no habrías venido. Ahora déjame con cuidado en el ataúd y cierra la puerta de la cripta al salir.
Así lo hizo la muchacha, cerró cuidadosamente la puerta y, luego de tomar el bastón, regresó rápidamente a su casa, llegando a ella casi al amanecer. Se encontraba mortalmente cansada, y no era para menos, después de haber cargado el cadáver a lo largo de más de seis millas. Antes de entrar, sin embargo, arrojó el bastón al tejado de bálago que había sobre el portal de entrada, y llamó a la puerta.
—¿Dónde has pasado la noche? —preguntó su hermana al franquearle la entrada—. No me gustaría estar en tus zapatos mañana, cuando madre te pregunte dónde has estado todo este tiempo.
—Vuelve a la cama y no te preocupes por mí— le respondió Maggie, y ambas regresaron al dormitorio que ocupaban juntas.
A la mañana siguiente, cuando se levantaron los padres de los tres jóvenes desangrados por el vampiro y no vieron señales de sus hijos, la madre fue a la habitación a llamarlos y los encontró a los tres muertos en sus camas. Al verlos así, pálidos y exangües, salió chillando a la calle, y todos los vecinos se agolparon a su alrededor, tratando de entender qué había sucedido. En medio de sollozos y gemidos, la pobre mujer les dijo que sus tres hijos habían amanecido muertos en la cama, y la noticia no tardó en correr por todo el pueblo como un reguero de pólvora. También los padres y la hermana de Maggie acudieron presurosos a la casa de los fallecidos, pero la muchacha se quedó en la cama, y cuando sus padres regresaron, la madre tomó una vara de mimbre y comenzó a castigarla, no sólo por haber permanecido toda la noche fuera de la casa, sino también por perezosa.
—Levántate de una vez, holgazana —chilló la madre—, y vete de inmediato al velatorio, que los tres hijos de nuestros vecinos han muerto misteriosamente por la noche.
Sin embargo, la muchacha no pareció demasiado conmovida por la noticia y sólo le dijo:
—Es que estoy muy cansada y me siento enferma. Perdóname por lo de anoche, y dame algo de beber y de comer.
La madre se apiadó de su apariencia maltrecha y le dio leche y algo de cereal, y hacia el mediodía la chica ya se encontraba en condiciones de dejar el lecho, así que marchó a la casa de sus vecinos. Para cuando llegó allí, ya se había reunido una verdadera muchedumbre y los llantos de las plañideras se escuchaban desde varias manzanas a la redonda. Sin embargo, Maggie no lloró, sino que se dirigió directamente hacia el padre, que gemía desconsolado, caminando de un lado a otro y retorciéndose las manos.
—Tranquilícese, señor —trató de calmarlo Maggie—. No se preocupe, que todo saldrá bien.
—¿Cómo quieres que me tranquilice, niña, si mis tres pobres hijos yacen muertos en sus lechos, sin una gota de sangre en las venas?
—Dígame —lo interrumpió ella—, ¿qué le daría usted a la persona que les devolviera la vida y la salud?
—Le daría todo lo que tengo, dentro y fuera de la casa, pero, desgraciadamente, eso es imposible; no hay nadie que pueda volverlos a la vida.
—No deseo que piense que estoy presumiendo ni jactándome —dijo ella—, pero yo puedo devolverles la vida.
—Dudo que puedas hacerlo, pero si fuera posible, cumpliría con mi palabra.
—No quiero todo lo que me ha ofrecido. Sólo le pido a su hijo mayor en matrimonio y el Gort na Leachtan (el campo de los montones de piedra) como dote.
—Querida mía, si logras salvar a mis hijos, no sólo te daré lo que me pides, sino también mis mayores y más sentidas bendiciones. Es más, te daré el campo por escrito ahora mismo, tanto si logras salvar a mis hijos como si no lo consigues.
Maggie aceptó la generosa propuesta de buena gana, y el hacendado le donó el campo mediante un documento de su propio puño y letra, tras lo cual la joven pidió a todos y cada uno de los presentes que abandonaran la casa y no volvieran hasta que ella misma los llamara. Algunos lo hicieron a regañadientes, otros burlándose y los más llorando, pero finalmente sólo quedaron en la casa ella y los tres fallecidos.
Tan pronto como la última de las lloronas se hubo marchado, la muchacha cerró la puerta con tranca, se dirigió a donde había dejado el pañuelo, lo abrió y colocó en la boca de cada muchacho tres bocados del guiso de lentejas mezclado con su propia sangre. A los pocos instantes, los tres recobraron su color natural y comenzaron a respirar normalmente, como si estuvieran dormidos; entonces la muchacha fue hasta la puerta, les pidió a todos que entraran y dijo al padre que subiera a despertar a sus hijos.
Aún no del todo convencido, el hombre subió a la habitación de ellos y los llamó por sus nombres, ante lo cual los tres despertaron tranquilamente y, aunque parecían muy cansados, se vistieron con rapidez, asombrados de ver a tantas personas a su alrededor.
—¿Qué pasa que hay tanta gente aquí? —preguntó intrigado el hijo mayor.
—¿Es que no recordáis nada de lo que os sucedió durante la noche? —lo interrogó a su vez el padre.
—¿Qué pudo habernos pasado? Simplemente nos quedamos dormidos como todas las noches —respondió el hijo menor.
El padre les explicó entonces lo que les había sucedido, pero ellos aún no podían terminar de convencerse, aunque, por el hambre que sentían, parecía como si la explicación fuera la cosa más lógica del mundo.
Maggie, por su parte, cuando vio que los muchachos se habían recuperado totalmente, volvió a su casa y contó a sus padres las peripecias de la noche anterior: el viaje cargando al muerto desde el cementerio a la casa, lo que sucedió allí y el regreso a la cripta, y les pidió encarecidamente que no dijeran a nadie lo que les había contado. A continuación, se dirigió a la casa de los tres jóvenes y pidió hablar con el padre.
—He venido a reclamar lo que me prometió.
—Pues tendrás eso y más, con mi bendición, pues sin ti mis hijos hoy estarían en una fría tumba —dijo el hombre. Luego llamó a su hijo mayor y le preguntó si se casaría con la mujer que le había salvado la vida.
—Por supuesto que lo haré, y con mucho gusto —respondió Aldryn, que así se llamaba el muchacho.
Tres días después ambos se casaron y celebraron una espléndida boda, seguida de una fiesta que duró otros tantos días con sus respectivas noches. Luego pasaron dos semanas disfrutando de su matrimonio, al cabo de los cuales Maggie dijo a su esposo:
—Nuestras vacaciones han sido muy placenteras, pero ha llegado el momento de trabajar. Mañana por la mañana os daré a ti, a tu padre y a tus hermanos trabajo en abundancia, así como también a toda mi familia.
Y al día siguiente los llevó al primero de los lechtans j le dijo:
—Apartad estas piedras y comenzad a cavar un hoyo debajo de ellas.
Sus cuñados y su suegro la miraron como si hubiera perdido el juicio, pero ella les dijo que no se preocuparan, que pronto se darían cuenta de por qué se los pedía. Así que pusieron manos a la obra y no se detuvieron hasta que hubieron cavado un pozo de seis codos de profundidad, en el fondo del cual encontraron una laja cuadrada de tres codos de lado, en cuyo centro se veía una enorme argolla de hierro.
—Pues, para que alguien se haya tomado tanto trabajo en enterrarlo, lo que hay allí debajo tiene que ser muy importante —dijeron los hombres y levantaron la piedra, debajo de la cual encontraron la olla de oro.
—Esto no es nada —los animó Maggie—. Aún hay más riquezas en este lugar. Vayamos ahora al siguiente lechtan.
Nuevamente apartaron las piedras, cavaron, levantaron la segunda laja y retiraron otra olla. Luego repitieron la operación con el tercer montón y extrajeron la tercera vasija. Pero en el costado de este tercer recipiente encontraron una inscripción, escrita en caracteres tan extraños que no los pudieron descifrar, de modo que, luego de vaciarla, pusieron la olla junto a la puerta.
Más de dos meses debieron transcurrir antes de que acertara a pasar por el camino un anciano pobre, que venía precedido de una bien ganada fama de sabio, al que pidieron que estudiara la inscripción, para ver si lograba descifrarla.
—Sí que puedo —aseguró el mendigo-sabio, que no era otra cosa que un hechicero, versado en las artes mágicas de los antiguos druidas—. Lo que dice la leyenda es: "Hay mucho más de lo mismo en el lado sur de cada olla".
El joven esposo no dijo nada, pero le entregó al sabio una suma que excedía con mucho el jornal de un mes de un labrador y, tan pronto como se hubo marchado, se pusieron todos al trabajo, encontrando mucho más oro en los sitios que indicaba la vasija.
Aquel tesoro inesperado los hizo a todos aún más ricos de lo que ya eran, con lo que construyeron espléndidas casas para cada uno de los integrantes de ambas familias y compraron varías granjas y grandes hatos de ganado.
Sin embargo, a Maggie aún la intrigaba una cuestión que no terminaba de comprender del todo: ¿de dónde había salido toda aquella riqueza? ¿Había pertenecido al tesoro de los Derrihy?
Pero, finalmente, la felicidad y el bienestar que rodeaban a Maggie y a todos sus seres queridos fueron tan grandes, que no valía la pena que ella se preocupara por nimiedades. Por lo tanto, la joven y su familia se dedicaron a disfrutar de la vida y a administrar cautamente sus bienes; a tal punto que, al morir ellos, los bienes resultantes fueron suficientes como para asegurar la prosperidad de sus descendientes hasta la séptima generación.
—Dime, John —preguntó Susyann, la mayor—, ¿por qué no te casas de una vez? ¿Qué esperas para decidirte por Annie, Maggie o Peg?
—No puedo contestarles eso hasta que no esté seguro de cuál de ellas desea lo mejor para mí —respondió el muchacho.
—¿Y cómo harás para averiguarlo? —inquirió la otra.
—Para saberlo, hace falta que muera alguien en la parroquia —agregó John enigmáticamente—. Sólo entonces podré decírselos.
A las dos semanas de esta conversación murió el herrero del pueblo, y John acudió al velatorio y al día siguiente al funeral. Sin embargo, al llegar al cementerio, el joven no se acercó al lugar del entierro, sino que permaneció a cierta distancia, junto a un mausoleo bastante deteriorado, que distaba algunos metros de la fosa y, cuando la comitiva se retiró, aún permaneció algunos minutos allí, meditando profundamente. Luego puso su bastón de saúco junto a la puerta del panteón, echó una mirada a su alrededor, como si despertara de un profundo sueño, y emprendió lentamente el camino de su casa, dejando el bastón junto a la entrada de la bóveda.
Una vez en su casa y luego de cenar, John se dirigió a la taberna del pueblo, donde solía reunirse con otros jóvenes amigos, y dio la casualidad de que sus tres novias se hallaban allí presentes, aunque el muchacho estaba tan callado que sus acompañantes no pudieron menos que notarlo.
—¿Qué pasa que estás tan callado esta noche, John? —preguntó una de las damiselas.
—Es que lamento haber perdido mi hermoso bastón de saúco —respondió el joven.
—¿Y cómo fue que lo extraviaste? —preguntó su amiga.
—En realidad, no fue que lo perdiera —explicó John—, sino que lo dejé olvidado junto al mausoleo que está cerca de la tumba donde hoy enterraron al herrero.
—¿Y qué piensas hacer al respecto? —se interesó Maggie, una de las candidatas.
—Yo, nada; pero estuve pensando que aquélla de ustedes tres que vaya a buscármelo esta noche será la que elija como esposa. ¿Quién de las tres irá por él?
—¡Pues yo, ni loca! —respondió Annie, la mayor de las tres.
—¿Y tú, Peggy? —preguntó John.
No iría al cementerio de noche ni aunque tuviera que quedarme soliera hasta el fin de los tiempos —contestó la aludida, en forma terminante.
—¿Y qué me dices tú, Maggie? —continuó el muchacho—. Si vas a buscarme el bastón, me casaré contigo.
—Iré a buscártelo —accedió la joven—, pero luego más te valdrá que cumplas con tu promesa, o lo lamentarás toda tu vida.
—Puedes estar segura de que lo haré.
Y ante esta confirmación, la muchacha dejó el salón y se dirigió al cementerio, que se encontraba a no más de tres millas de distancia de la taberna. Al cabo de unos minutos de caminata llegó al camposanto, cruzó la puerta entreabierta y se dirigió directamente a la bóveda, guiándose por la tumba recién cubierta. Pero cuando estaba por tomar el bastón, que seguía junto a la entrada, oyó una profunda voz que parecía venir del interior de la cripta:
—Deja el bastón donde está y abre el panteón —ordenó la voz.
Las rodillas de Maggie comenzaron a temblar y sus dientes castañeteaban de terror, pero el mismo miedo le impedía negarse a lo que la voz le exigía.
—Ahora abre la tapa del cajón que hay a tu derecha —volvió a ordenar el muerto, pues Maggie ya estaba segura de que de eso se trataba—. ¡Sácame de aquí y cárgame a tu espalda!
Incapaz de negarse, la muchacha descorrió la tapa, se echó el cadáver a la espalda y salió de la cripta.
—Sal del cementerio y llévame hasta la primera casa que hay sobre el camino real —insistió la perentoria voz y la muchacha volvió a obedecer.
—¡No! ¡Aquí no podemos entrar! —exclamó el muerto—. Aquí dentro tienen una pila de agua bendita y no puedo soportarla. ¡Llévame a la casa de al lado!
Obedeció la joven y tampoco pudieron ingresar a esa casa, pues los habitantes tenían una cruz colgada en el interior de la puerta. Finalmente fueron a la tercera casa y el cadáver estuvo de acuerdo con la elección:
—Está bien, entra aquí. Éstos no tienen agua bendita ni cruces, así que nos podemos quedar.
Maggie entró en la casa cargando con el cuerpo, y la voz le ordenó:
—Ahora, tráeme una silla y ponme sentado en ella junto al fuego. Luego, búscame algo de comida y de bebida.
La muchacha obedeció, lo sentó frente al hogar, que estaba encendido, y buscó por la casa, regresando con un plato de guiso de lentejas, pero sin bebida alguna.
—Para beber sólo puedo ofrecerte un jarro de agua sucia —dijo al muerto.
—Entonces, tráeme un tazón y un cuchillo afilado.
Y cuando ella regresó con lo pedido, le ordenó:
—Cárgame de nuevo y llévame a la habitación de arriba, y no te olvides el tazón.
Así lo hizo, y juntos entraron en el dormitorio, en el cual dormían tres niños, hijos del dueño de casa; y mientras Maggie sostenía el tazón, el muerto fue cortando las muñecas de los chicos y recogiendo en el tazón la sangre que manaba de las heridas.
—Esto es para que sus padres aprendan —explicó el cadáver parlante—. Si hubieran tenido agua fresca y limpia en la casa, no les habría sacado la sangre —continuó, mientras cerraba las heridas de tal forma que no se notaba ni la menor señal de los cortes—. Ahora mezcla esto con el guiso de lentejas, y sirve un plato para mí y otro para ti.
Ella tomó dos cucharas y otros tantos platos de la alacena, sirvió una porción de guiso en cada uno, después de mezclarle la sangre, v ungió comer, aunque, en realidad, escondía el guiso en un pañuelo que llevaba al cuello, hasta que vació el plato.
—¿Te has comido tu parte? —preguntó el muerto.
—Sí —respondió la muchacha.
—Pues yo casi he terminado la mía, así que ya puedes lavar los platos y regresarlos al aparador.
Maggie hizo lo que le mandaba, aunque no se preocupó de lavarlos, y regresó junto al cadáver.
—Ahora, cárgame de nuevo y llévame de vuelta al sitio donde me encontraste —ordenó éste.
—¿Y cómo podría hacerlo? —se quejó ella—. ¡Si casi me muero cuando te traía, menos aún voy a poder hacerlo ahora, que has comido tanto!
—Es que tú también estarás más fuerte después de comer, así que me puedes llevar de vuelta a la bóveda.
Así que Maggie no tuvo más remedio que cargarlo contra su voluntad, pero antes envolvió la comida en el pañuelo y lo escondió dentro de un profundo agujero junto a la puerta de la cocina, donde los dueños introducían la tranca para asegurar la hoja de madera. Luego se echó el cadáver de nuevo a la espalda y emprendió el regreso al camposanto, pero esta vez cortó camino a través de un espacioso solar, siguiendo las órdenes del muerto. Pero cuando estaban al otro lado del terreno baldío, la muchacha le preguntó si había alguna cura para los niños a los que acababa de sacar la sangre.
—No hay más cura que una —respondió el cadáver—, pero sólo se le podría administrar si hubiera quedado algo del guiso con sangre, pues entonces, con tres bocados puestos en la lengua de cada uno de ellos se les devolvería la vida, y ni siquiera sabrían que estuvieron muertos por un tiempo.
"Entonces —pensó Maggie— todavía hay tiempo para salvarlos, y lo voy a hacer en cuanto regrese a la casa".
—¿Ves ese campo? —la voz del muerto la distrajo de sus pensamientos.
—Sí.
—Bueno, pues debes saber que allí hay enterrado tanto oro como para hacer ricas a varias familias de este condado. ¿Ves esos tres lechtans? Debajo de cada uno de ellos hay una enorme olla llena de monedas de oro.
En ese momento, las palabras del muerto se vieron interrumpidas por el canto de un gallo, justo cuando llegaban al portal del cementerio.
—Canta el gallo —dijo entonces Maggie—. Está siendo hora de que regreses a tu ataúd.
—Todavía queda un rato; ese gallo está muy apurado por despertarse.
Un instante después se repitió el canto y Maggie dijo:
—Escucha, está cantando por segunda vez.
—No, ése es otro gallo apurado, no sabe lo que hace.
Mientras se acercaban a la puerta del mausoleo, se escuchó un tercer canto.
—Bueno, ése tiene que ser el gallo correcto —dijo la joven.
—Muchacha, este último gallo te ha salvado la vida. De no ser por él, te hubiera llevado conmigo a la cripta y jamás habrías salido de allí. Y de haber sabido yo que ese gallo cantaría tan pronto, tú no sabrías lo que ahora sabes sobre ese campo y las ollas de oro. Colócame rápido en el ataúd donde me encontraste, pero tómate tu tiempo y hazlo bien, porque ahora ya no puedo hacerte ningún daño.
—¿Me dirás quién eres, antes de que me vaya?
—¿Alguna vez has oído hablar de un hombre llamado Edward Derrihy, o de su hijo Michael? —preguntó el muerto, mientras ella lo colocaba en el féretro.
—Muchas veces he oído a mis padres hablar de ellos.
—Bueno, entonces te diré que Edward Derrihy era mi padre y que yo soy Michael. Ese bastón de saúco que has venido a buscar esta noche al cementerio ha sido tu prenda de buena suerte, aunque estoy seguro de que si hubieses sabido el peligro que te acechaba no habrías venido. Ahora déjame con cuidado en el ataúd y cierra la puerta de la cripta al salir.
Así lo hizo la muchacha, cerró cuidadosamente la puerta y, luego de tomar el bastón, regresó rápidamente a su casa, llegando a ella casi al amanecer. Se encontraba mortalmente cansada, y no era para menos, después de haber cargado el cadáver a lo largo de más de seis millas. Antes de entrar, sin embargo, arrojó el bastón al tejado de bálago que había sobre el portal de entrada, y llamó a la puerta.
—¿Dónde has pasado la noche? —preguntó su hermana al franquearle la entrada—. No me gustaría estar en tus zapatos mañana, cuando madre te pregunte dónde has estado todo este tiempo.
—Vuelve a la cama y no te preocupes por mí— le respondió Maggie, y ambas regresaron al dormitorio que ocupaban juntas.
A la mañana siguiente, cuando se levantaron los padres de los tres jóvenes desangrados por el vampiro y no vieron señales de sus hijos, la madre fue a la habitación a llamarlos y los encontró a los tres muertos en sus camas. Al verlos así, pálidos y exangües, salió chillando a la calle, y todos los vecinos se agolparon a su alrededor, tratando de entender qué había sucedido. En medio de sollozos y gemidos, la pobre mujer les dijo que sus tres hijos habían amanecido muertos en la cama, y la noticia no tardó en correr por todo el pueblo como un reguero de pólvora. También los padres y la hermana de Maggie acudieron presurosos a la casa de los fallecidos, pero la muchacha se quedó en la cama, y cuando sus padres regresaron, la madre tomó una vara de mimbre y comenzó a castigarla, no sólo por haber permanecido toda la noche fuera de la casa, sino también por perezosa.
—Levántate de una vez, holgazana —chilló la madre—, y vete de inmediato al velatorio, que los tres hijos de nuestros vecinos han muerto misteriosamente por la noche.
Sin embargo, la muchacha no pareció demasiado conmovida por la noticia y sólo le dijo:
—Es que estoy muy cansada y me siento enferma. Perdóname por lo de anoche, y dame algo de beber y de comer.
La madre se apiadó de su apariencia maltrecha y le dio leche y algo de cereal, y hacia el mediodía la chica ya se encontraba en condiciones de dejar el lecho, así que marchó a la casa de sus vecinos. Para cuando llegó allí, ya se había reunido una verdadera muchedumbre y los llantos de las plañideras se escuchaban desde varias manzanas a la redonda. Sin embargo, Maggie no lloró, sino que se dirigió directamente hacia el padre, que gemía desconsolado, caminando de un lado a otro y retorciéndose las manos.
—Tranquilícese, señor —trató de calmarlo Maggie—. No se preocupe, que todo saldrá bien.
—¿Cómo quieres que me tranquilice, niña, si mis tres pobres hijos yacen muertos en sus lechos, sin una gota de sangre en las venas?
—Dígame —lo interrumpió ella—, ¿qué le daría usted a la persona que les devolviera la vida y la salud?
—Le daría todo lo que tengo, dentro y fuera de la casa, pero, desgraciadamente, eso es imposible; no hay nadie que pueda volverlos a la vida.
—No deseo que piense que estoy presumiendo ni jactándome —dijo ella—, pero yo puedo devolverles la vida.
—Dudo que puedas hacerlo, pero si fuera posible, cumpliría con mi palabra.
—No quiero todo lo que me ha ofrecido. Sólo le pido a su hijo mayor en matrimonio y el Gort na Leachtan (el campo de los montones de piedra) como dote.
—Querida mía, si logras salvar a mis hijos, no sólo te daré lo que me pides, sino también mis mayores y más sentidas bendiciones. Es más, te daré el campo por escrito ahora mismo, tanto si logras salvar a mis hijos como si no lo consigues.
Maggie aceptó la generosa propuesta de buena gana, y el hacendado le donó el campo mediante un documento de su propio puño y letra, tras lo cual la joven pidió a todos y cada uno de los presentes que abandonaran la casa y no volvieran hasta que ella misma los llamara. Algunos lo hicieron a regañadientes, otros burlándose y los más llorando, pero finalmente sólo quedaron en la casa ella y los tres fallecidos.
Tan pronto como la última de las lloronas se hubo marchado, la muchacha cerró la puerta con tranca, se dirigió a donde había dejado el pañuelo, lo abrió y colocó en la boca de cada muchacho tres bocados del guiso de lentejas mezclado con su propia sangre. A los pocos instantes, los tres recobraron su color natural y comenzaron a respirar normalmente, como si estuvieran dormidos; entonces la muchacha fue hasta la puerta, les pidió a todos que entraran y dijo al padre que subiera a despertar a sus hijos.
Aún no del todo convencido, el hombre subió a la habitación de ellos y los llamó por sus nombres, ante lo cual los tres despertaron tranquilamente y, aunque parecían muy cansados, se vistieron con rapidez, asombrados de ver a tantas personas a su alrededor.
—¿Qué pasa que hay tanta gente aquí? —preguntó intrigado el hijo mayor.
—¿Es que no recordáis nada de lo que os sucedió durante la noche? —lo interrogó a su vez el padre.
—¿Qué pudo habernos pasado? Simplemente nos quedamos dormidos como todas las noches —respondió el hijo menor.
El padre les explicó entonces lo que les había sucedido, pero ellos aún no podían terminar de convencerse, aunque, por el hambre que sentían, parecía como si la explicación fuera la cosa más lógica del mundo.
Maggie, por su parte, cuando vio que los muchachos se habían recuperado totalmente, volvió a su casa y contó a sus padres las peripecias de la noche anterior: el viaje cargando al muerto desde el cementerio a la casa, lo que sucedió allí y el regreso a la cripta, y les pidió encarecidamente que no dijeran a nadie lo que les había contado. A continuación, se dirigió a la casa de los tres jóvenes y pidió hablar con el padre.
—He venido a reclamar lo que me prometió.
—Pues tendrás eso y más, con mi bendición, pues sin ti mis hijos hoy estarían en una fría tumba —dijo el hombre. Luego llamó a su hijo mayor y le preguntó si se casaría con la mujer que le había salvado la vida.
—Por supuesto que lo haré, y con mucho gusto —respondió Aldryn, que así se llamaba el muchacho.
Tres días después ambos se casaron y celebraron una espléndida boda, seguida de una fiesta que duró otros tantos días con sus respectivas noches. Luego pasaron dos semanas disfrutando de su matrimonio, al cabo de los cuales Maggie dijo a su esposo:
—Nuestras vacaciones han sido muy placenteras, pero ha llegado el momento de trabajar. Mañana por la mañana os daré a ti, a tu padre y a tus hermanos trabajo en abundancia, así como también a toda mi familia.
Y al día siguiente los llevó al primero de los lechtans j le dijo:
—Apartad estas piedras y comenzad a cavar un hoyo debajo de ellas.
Sus cuñados y su suegro la miraron como si hubiera perdido el juicio, pero ella les dijo que no se preocuparan, que pronto se darían cuenta de por qué se los pedía. Así que pusieron manos a la obra y no se detuvieron hasta que hubieron cavado un pozo de seis codos de profundidad, en el fondo del cual encontraron una laja cuadrada de tres codos de lado, en cuyo centro se veía una enorme argolla de hierro.
—Pues, para que alguien se haya tomado tanto trabajo en enterrarlo, lo que hay allí debajo tiene que ser muy importante —dijeron los hombres y levantaron la piedra, debajo de la cual encontraron la olla de oro.
—Esto no es nada —los animó Maggie—. Aún hay más riquezas en este lugar. Vayamos ahora al siguiente lechtan.
Nuevamente apartaron las piedras, cavaron, levantaron la segunda laja y retiraron otra olla. Luego repitieron la operación con el tercer montón y extrajeron la tercera vasija. Pero en el costado de este tercer recipiente encontraron una inscripción, escrita en caracteres tan extraños que no los pudieron descifrar, de modo que, luego de vaciarla, pusieron la olla junto a la puerta.
Más de dos meses debieron transcurrir antes de que acertara a pasar por el camino un anciano pobre, que venía precedido de una bien ganada fama de sabio, al que pidieron que estudiara la inscripción, para ver si lograba descifrarla.
—Sí que puedo —aseguró el mendigo-sabio, que no era otra cosa que un hechicero, versado en las artes mágicas de los antiguos druidas—. Lo que dice la leyenda es: "Hay mucho más de lo mismo en el lado sur de cada olla".
El joven esposo no dijo nada, pero le entregó al sabio una suma que excedía con mucho el jornal de un mes de un labrador y, tan pronto como se hubo marchado, se pusieron todos al trabajo, encontrando mucho más oro en los sitios que indicaba la vasija.
Aquel tesoro inesperado los hizo a todos aún más ricos de lo que ya eran, con lo que construyeron espléndidas casas para cada uno de los integrantes de ambas familias y compraron varías granjas y grandes hatos de ganado.
Sin embargo, a Maggie aún la intrigaba una cuestión que no terminaba de comprender del todo: ¿de dónde había salido toda aquella riqueza? ¿Había pertenecido al tesoro de los Derrihy?
Pero, finalmente, la felicidad y el bienestar que rodeaban a Maggie y a todos sus seres queridos fueron tan grandes, que no valía la pena que ella se preocupara por nimiedades. Por lo tanto, la joven y su familia se dedicaron a disfrutar de la vida y a administrar cautamente sus bienes; a tal punto que, al morir ellos, los bienes resultantes fueron suficientes como para asegurar la prosperidad de sus descendientes hasta la séptima generación.
Rabí León de Praga
Nacimiento y juventud de Rabí León de Praga
Los judíos de la ciudad alemana de Worms, situada junto al Rhin, celebraban la fiesta de Peisaj. La familia de Rabí Bezalel se congregaba alrededor de la mesa. Era el momento de alegrar el corazón recordando las maravillas que el pueblo de Israel había visto y vivido, de celebrar y agradecer la liberación otorgada por el Creador del universo, y también de olvidar las suspicacias, calumnias y persecuciones de las que solían ser víctimas los judíos. Las aguas del Rhin, que bordeaban parte de la ciudad, parecían entonar un cántico de paz, como los que los judíos cantaban aquella noche, y las luces encendidas en sus casas rompían la oscuridad de las calles y regalaban calidez en medio del frío nocturno.
Rabí Bezalel se sentía especialmente feliz, porque además de la alegría propia de la fiesta, su mujer esperaba un hijo. En su mesa no faltaba nada: velas, matzá, buen vino, y demás alimentos
simbólicos bellamente dispuestos según la tradición, y una magnífica cena, sin olvidar la ofrenda para el Profeta Elías. Pero mientras leían la Hagadá correspondiente al Seder, la dicha de su familia y de los demás judíos estuvo a punto de estropearse por un suceso tan inesperado como peligroso: un hombre completamente envuelto en su capa, de modo que resultaba imposible ver su rostro, avanzaba por las calles del barrio judío con un saco al hombro.
Por fortuna, los soldados de la ronda nocturna pasaban por allí y al verlo, sospecharon que podía tratarse de un ladrón y lo detuvieron, no sin fuerte resistencia por parte del embozado. La algarabía desconcertó primero y preocupó después a Rabí Bezalel y a sus vecinos, quienes temieron que pudiera tratarse de alguna maldad urdida contra ellos, cosa por desdicha frecuente, sobre todo en los días de fiesta, pero pronto se tranquilizaron: la guardia nocturna descubrió un cadáver en el saco que el malhechor llevaba, y lo obligaron a confesar allí mismo. El hombre juró que no había asesinado a nadie, sino que, yendo con algunos conocidos suyos por sitios apartados, se habían tropezado con el cadáver de un mendigo recién fallecido y habían ideado dejarlo en alguna calle del barrio judío para, a la mañana siguiente, cuando fuera encontrado, acusarlos de haber cometido un crimen ritual y empleado la sangre en algún rito demoníaco propio de su fiesta.
Los guardias se llevaron al malhechor y los judíos respiraron aliviados y continuaron la fiesta dando gracias al Creador por haberlos salvado de tan peligroso trance. En ese preciso instante, la mujer de Rabí Bezalel sintió los dolores del parto y algunas vecinas acudieron para asistirla. Al poco rato, dió a luz sin contratiempos un hermoso niño. Los vecinos salieron de sus casas y acudieron a verlo y a dar los parabienes a su padre. Todos comentaban sobre los hechos que habían acompañado su nacimiento y decían que aquel niño poseía una especial bendición mediante la cual traería paz y felicidad a su pueblo.
Lleno de alegría, Rabí Bezalel pronunció su propia bendición--que resultó profética--sobre el recién nacido, que dormía en su cuna, pequeño y tierno:
"Has nacido para traer a tu pueblo fortaleza y consuelo,
y en tu nacimiento ha brillado una buena estrella. Defenderás
a los judíos cuando todos los demás les nieguen su ayuda, y
harás grandes cosas por tu pueblo. Sea entonces tu nombre Yehuda,
porque, como está escrito, 'Judá es un joven león'"
A los ocho días se celebró la circuncisión del niño, y le fue puesto por nombre Yehuda ben Bezalel.
Pasó el tiempo. Yehuda crecía y se fortalecía en cuerpo y en espíritu. Su inteligencia y sus dotes asombraban a todos. Cuando llegó a la adolescencia, y una vez celebrado su Bar-mitzvá, Rabí Bezalel decidió enviarlo a continuar los estudios rabínicos en una de las más famosas y respetadas Yeshivas que por entonces se conocían, situada en la ciudad de Praga. El joven se llenó de alegría, porque su sed de saber era inagotable. Así viajó a Praga y pronto se convirtió en el más destacado de los estudiantes. Su inteligencia floreció aún más y su nombre se hizo conocido entre los judíos de muchas comarcas.
En aquellos años vivía en Praga un rico comerciante judío llamado Samuel Schmelke, que tenía un hijo ya casado, que se ocupaba de sus negocios en Polonia, y una hija adolescente llamada Perla, de la que se decía que era en verdad una perla escogida entre las jóvenes por las numerosas virtudes que la adornaban. Como era costumbre prometer en matrimonio a los hijos a temprana edad, el padre se preocupó por elegir un novio adecuado para ella, y se decidió por Yehuda ben Bezalel, cuyas buenas cualidades eran alabadas por doquier. El compromiso se celebró según la tradición y los jóvenes, al conocerse mejor, se enamoraron profundamente.
Poco después, el señor Schmelke envió a Yehuda a Polonia, a casa de su hijo mayor, para que completara su formación en las escuelas talmúdicas del país.
Mientras el futuro yerno descubría nuevos tesoros del saber, los judíos de Praga fueron oprimidos con impuestos y contribuciones cada vez mayores, precisamente cuando los negocios de Samuel Schmelke no iban tan bien como antes. De este modo, entre pérdidas financieras y pago de tributos, el futuro suegro se encontró un buen día completamente arruinado y en la miseria. Lleno de pesar al verse en semejante situación en su vejez, Schmelke escribió una carta a Yehuda:
"Querido hijo, te había prometido a mi hija Perla con una cuantiosa dote que os permitiría vivir libres de preocupaciones, pero he perdido toda mi fortuna y apenas nos queda para vivir. Como no puedo cumplir lo acordado, te libero del compromiso con ella y te deseo que contraigas un matrimonio mejor".
Aunque entristecido por el contratiempo, Yehuda no quiso romper el compromiso con Perla. Sin embargo, hizo saber al padre que, en caso de presentarse para ella un pretendiente de fortuna que pudiese ayudar a la familia, estaría dispuesto a renunciar a la joven en favor de la prosperidad de los Schmelke.
Pasó algún tiempo y Perla, incapaz de soportar la visión de sus ancianos padres agobiados por la miseria, se las ingenió para abrir una panadería con cuyas ganancias pudiera aliviar las necesidades familiares. Trabajaba de la mañana a la noche y no obtenía mucho dinero, pero al menos no pasaban hambre ni frío.
Un buen día, un soldado llegó a la panadería de Perla. En países vecinos había guerra, y a menudo los soldados atravesaban a caballo la ciudad de Praga en una u otra dirección. El soldado iba cubierto de polvo y hambriento, y tras ensartar una hogaza recién horneada con su lanza, intentó huir, pero Perla corrió a su encuentro y le interrumpió el paso, llorando y gritando que no se fuera sin pagar, porque de sus modestas ganancias dependía el sustento de sus padres.
- No he comido nada desde hace días--respondió el soldado--y no tengo dinero con qué pagarte. Déjame el pan, te lo ruego, y a cambio te daré en prenda un fardo de lino. Si no vuelvo antes de la noche con el dinero, quédate con él y que te sea de provecho.
Perla aceptó, y el soldado sacó de sus alforjas una gran pieza de lino, que le entregó. Llegó la noche y el jinete no regresó. Perla esperó durante muchos días hasta que consideró que había transcurrido el tiempo suficiente como para dar por suya la prenda. No había hecho más que abrir el fardo, cuando cayó de él una lluvia de ducados de oro.
La alegría de Perla y de sus padres no tuvo límites: con tanto dinero no sólo podrían vivir holgadamente, sino también pagar la dote de la joven y celebrar su boda con Yehuda. Samuel Schmelke escribió al yerno y le contó las buenas noticias. También le dijo que aquel jinete había sido sin duda el profeta Elías, quien es sabido que socorre a los pobres y no abandona a los necesitados.
Yehuda regresó a Praga en cuanto pudo y las bodas se celebraron. Sobre los novios llovieron las bendiciones y los elogios, pues si él poseía sabiduría y dotes en abundancia, a ella la adornaban tantas virtudes que hacía honor a su nombre de Perla. Muy pronto Yehuda se convirtió en el rabino de la ciudad y desde entonces lo llamaron Rabí León de Praga, pues era considerado por los doctores de la Ley como el León de los sabios y un favorecido del Señor.
Rabí León se enfrenta a la epidemia
En aquellos tiempos era frecuente que la peste, también llamada muerte negra, asolara las ciudades y sembrara por doquier el terror y la muerte. Al ser desconocidas entonces sus causas y las posibles medidas preventivas, la epidemia se consideraba un castigo divino y se culpaba de provocarla a herejes y hechiceros supuestos o reales, y sobre todo, a los judíos. De éstos últimos se decía que envenenaban las fuentes y pozos de agua para exterminar a los cristianos, sin que el más elemental sentido común hiciera comprender que los judíos tenían que utilizar el agua de esas mismas fuentes, pues no había otras, y se veían tan diezmados por la peste como los demás.
En vida de Rabí León tuvo lugar una de esas terribles epidemias. Como ocurrió con el resto de la ciudad, el barrio judío fue fuertemente atacado y murió más de la cuarta parte de sus habitantes. Pero lo más terrible era que la peste se cebaba sobre todo entre los niños, y los padres creían morir de dolor al presenciar impotentes la agonía de sus hijos. El cementerio judío no daba ya abasto para tantas víctimas y no había una familia que no tuviera que lamentar al menos una pérdida. A toda hora del día se rogaba en la sinagoga y en las casas por el auxilio del Cielo, pero la mortandad de niños no mermaba.
Rabí León decretó un riguroso ayuno para implorar la misericordia divina, pero el ángel de la muerte no se apartaba de la ciudad y menos aún de los niños judíos. Rabí León no descansaba un instante, brindando asistencia espiritual y presidiendo las súplicas y las oraciones fúnebres, y permanecía despierto durante la mayoría de las noches buscando en los libros sagrados y en las obras de los sabios judíos alguna solución para tanta desgracia. Toda su sabiduría le parecía inútil ante el poder devastador de la muerte y temía que la grey infantil judía desapareciera, si no ocurría un milagro.
Una de esas madrugadas, Rabí León se sintió exhausto por el trabajo y por las penas, y el sueño lo invadió. Apenas se había dormido, cuando apareció ante él la figura del profeta Elías, quien le indicó en silencio levantarse y seguirlo.
Rabí León siguió al profeta Elías por las calles más desiertas de Praga hasta llegar al cementerio judío. A la luz de la luna contempló las tumbas de los niños recién enterrados, con la tierra aún suelta. En eso, el carrillón del Ayuntamiento inició las campanadas de medianoche. Con la primera, la tierra de las sepulturas fue removida y de ellas salieron poco a poco los niños muertos, envueltos en sus mortajas blancas, que comenzaron a correr y a saltar entre las tumbas y a danzar en coro. Sorprendido ante semejante visión, el rabí dirigió su vista hacia el profeta Elías, que permanecía silencioso e imponente junto a la puerta del cementerio y vió como su silueta desaparecía en la oscuridad de la noche. Rabí León quiso preguntarle qué significaba todo aquello, pero de su boca no brotaba sonido alguno. Entonces se despertó, sudoroso y angustiado. Miró a su alrededor y sólo pudo vislumbrar las paredes de la habitación, en medio de la oscuridad.
Rabí León no pudo dormir más. Pasó el resto de la noche meditando sobre su extraño sueño y el mensaje que sin duda encerraba. Con las luces de la aurora, su mente se iluminó y lo comprendió todo. Entonces trazó su plan: entre sus discípulos había uno especialmente virtuoso y temeroso de Dios, cuya alma no conocía el miedo ni retrocedía ante ningún peligro. Lo mandó a buscar y le habló de este modo:
- Sé que tu corazón es puro y valeroso, y por eso quiero que me ayudes a salvar a nuestra comunidad, sobre todo a los niños. Estamos siendo azotados por la cólera divina y aún no sabemos la causa. Para averiguarla existe sólo un medio: debes ir hoy, tarde en la noche, a nuestro cementerio y aguardar allí la medianoche. No te asustes, pues el profeta Elías estará a tu lado, aunque no puedas verlo. A medianoche se abrirá la tierra, y de las tumbas saldrán los niños judíos muertos por la epidemia, que envueltos en sus mortajas, comenzarán a correr y a bailar entre las tumbas. Escóndete lo más cerca posible de ellos y vigílalos. Cuando alguno pase por tu lado, le arrebatarás la mortaja y correrás a traérmela. Te estaré esperando aquí mismo.
El discípulo prometió cumplir con el mandato y así lo hizo: a la noche siguiente fue al cementerio y se ocultó tras una de las lápidas infantiles. Al sonar las campanadas de medianoche, los niños salieron de sus tumbas, envueltos en sus mortajas blancas, y comenzaron a correr y a bailar. Entonces extendió su mano hacia el más cercano e intentó apoderarse de su mortaja, pero la mano, temblorosa por la fuerte impresión, no logró asirla con fuerza y el niño escapó. El discípulo elevó su corazón hacia lo Alto y pidió serenidad. Sólo al séptimo intento, consiguió arrebatar la mortaja a uno de los niños, y marchó a toda prisa al encuentro de Rabí León. A sus espaldas, las danzas y juegos de los niños continuaban.
Rabí León velaba, en espera de su discípulo. Al llegar éste, cerró la puerta y le indicó seguirlo hasta una pieza desde cuya ventana podían ver cuanto pasara en la calle. Allí aguardaron, iluminados tan sólo por la luna, a que el carrillón diera la una de la madrugada, pues a esa hora los niños muertos debían regresar a sus tumbas. Pero ésto resultaría imposible para el niño al que habían robado la mortaja.
Al sonar la campanada, ambos vieron deslizarse por la calle a la luz de la luna la figura de un niño hasta la casa de Rabí León. El pequeño tocó a la puerta y gritó:
- ¡Devolvedme mi mortaja, os lo suplico! ¡Sin ella no puedo volver a mi tumba y no encontraré el descanso!
- Te la devolveremos con una condición--respondió Rabí León--, y es que nos digas por qué han muerto tantos niños judíos.
- ¡Por favor, devolvedme mi mortaja!--replicó el niño--¡No puedo ni quiero revelaros ese secreto!
- Entonces no te daremos tu mortaja--le aseguró el rabí
El niño se echó a llorar amargamente, y tan tristes eran sus lamentos que el corazón del discípulo se conmovió y pidió al rabí que le entregara la mortaja y lo dejara ir sin más, pero Rabí León sabía que la única forma de detener tantas muertes, indicada por el Profeta Elías, era mantenerse firme. De tal modo, dejó al niño llorar e implorar cuanto quisiera sin hacerle caso, hasta que el pequeño se dió por vencido y dijo
- Os diré cuanto queráis saber: en el callejón de la izquierda hay una casa que tiene un cántaro dibujado en el dintel. Allí viven dos mujeres malvadas y pecadoras que sacrificaron a sus propios hijos en horribles ceremonias de hechicería, y desde ese instante, el ángel de la muerte hace estragos en la ciudad, pero sobre todo entre los niños.
Rabí León devolvió la mortaja al pequeño, que voló hacia el cementerio. Llegada la mañana, envió al discípulo a casa de las dos mujeres con la orden de comparecer ante él. Quedaron tan sorprendidas como aterrorizadas al escuchar por boca del rabí su pecado, que creían oculto, y no fueron capaces de negarlo. Rabí León convocó al tribunal rabínico, que tras conocer el espantoso crimen y verificar los hechos, las condenó a muerte.
Una vez cumplida la sentencia, el ángel de la muerte abandonó la ciudad de Praga. Los habitantes dieron gracias al Señor por su misericordia y la fama de Rabí León creció y se esparció a los cuatro vientos, hasta llegar a oídos del emperador.
Rabí León y el Emperador
Cada cierto tiempo, los judíos de Praga y de toda Europa eran víctimas de malvadas campañas de difamación, dirigidas no sólo a desprestigiarlos, sino a exaltar al populacho contra ellos. De ese modo, además de la muerte y el destierro forzoso de muchos inocentes, los instigadores conseguían apoderarse de los bienes de los judíos y no pagar las deudas contraídas con ellos. La más utilizada de todas las mentiras era que los judíos asesinaban cristianos, preferentemente niños, para emplear su sangre en ritos satánicos, que el fanatismo y la ignorancia asociaban a su religión
Así las cosas, Rabí León fue informado de que aquellos rumores se esparcían una vez más por Praga y por las ciudades cercanas, y quedó extremadamente preocupado, porque sabía cuán delgado era el hilo que separaba las calumnias de los más crueles ataques. Tras mucho meditar sobre una posible solución, Rabí León pensó en el Rey y Emperador Rodolfo II, que en aquellos tiempos gobernaba el país y muchos otros territorios.
Rodolfo II tenía fama de monarca tolerante y justo, amante de las artes y las ciencias y de todas las formas del saber. En su corte de Praga se reunían los más sobresalientes talentos de toda Europa y aun encontraban acogida los perseguidos por el Santo Oficio a causa de sus ideas o de sus descubrimientos. No faltaban tampoco astrólogos, alquimistas, magos y demás sabios, sobre todo científicos y filósofos, mirados con gran recelo en otros países. La fuerza de los astros, el elixir vitae o la piedra filosofal se tenían por temas tan dignos de atención como la veracidad del sistema de Copérnico o las más novedosas observaciones anatómicas.
Todo eso hizo pensar a Rabí León que el Emperador sería capaz de escucharlo y de comprenderlo y, ¿por qué no?, de hacer justicia y de proteger a los judíos. Pero sabía que no era nada fácil obtener una audiencia privada con Rodolfo II, y decidió arriesgarse por caminos más inusitados.
Rabí León sabía que el Emperador acostumbraba a viajar dos o tres veces por semana desde la orilla del Moldau a la parte más antigua de la ciudad, atravesando el puente de piedra. A la primera oportunidad, se mezcló desde temprano con la muchedumbre de curiosos que aguardaban el paso de la carroza imperial. Cuando ésta se hizo visible, el pueblo comenzó a dar vivas al Emperador. Entonces, Rabí León salió de entre la multitud y se colocó en mitad del camino por donde debía pasar el carruaje.
- ¡Fuera de ahí, judío! ¡Quítate del camino!--gritaba la gente.
Pero el Rabí no se inmutó.
-¡Largo de ahí, judío!--repitieron, y comenzaron a lanzar piedras y bolas de fango contra Rabí León para obligarlo a apartarse del camino, pero unas y otras se transformaron en las más bellas y perfumadas flores que cayeron a los pies del rabino.
Desde su carroza, el Emperador escuchó los gritos y exclamaciones de asombro, y se asomó curioso. Entonces los caballos vacilaron, como si hubieran encontrado un invencible obstáculo y se detuvieron ante Rabí León, quien se aproximó a la ventana del carruaje y rogó al Emperador que le concediera una audiencia privada. Rodolfo II, maravillado ante lo ocurrido, le prometió recibirlo al cabo de siete días.
Una semana justa después, en la judería de Praga sucedía algo nunca visto: un carruaje imperial se detenía ante la casa de Rabí León y un lacayo llamaba a su puerta para llevarlo al palacio imperial. Todos los vecinos, que habían salido de sus casas a presenciar el inusitado acontecimiento, quedaron estupefactos al ver al rabino subir a la carroza, que partió en dirección a Palacio.
Al llegar, otro servidor condujo a Rabí León a un lujoso aposento cuyas paredes estaban cubiertas por inmensos cortinajes. Allí lo aguardaba un gentilhombre, que le ofreció un sillón y tomó asiento frente a él.
- Debo informaros de que el Emperador ha debido ocuparse de ciertos imprevistos y me ha encargado escucharos y atender vuestra petición. Os ruego entonces que habléis con confianza.
Rabí León contó al gentilhombre sus preocupaciones y temores, y el nombre de todos los judíos del lugar pidió la protección imperial contra calumnias y agresiones. Por último, explicó los principales artículos de la fe judía, e hizo hincapié en la prohibición de ingerir sangre y en que hasta los sacrificios de ovejas y bueyes indicados en la Biblia habían dejado de hacerse después de la destrucción del templo, por lo que las acusaciones de emplear sangre cristiana en sacrificios rituales era tan absurda como malintencionada.
Rabí León acababa de concluir su exposición, cuando uno de los pesados cortinajes se movió, y apareció el Emperador, que había estado escuchando durante todo el tiempo y que había quedado nuevamente impresionado por el Rabí, esta vez por su sabiduría y honradez.
- Os haré una pregunta, Rabí León--dijo Rodolfo II--y de vuestra respuesta dependerá que tome o no a los judíos bajo mi protección directa. Decidme: ¿son o no son culpables los judíos de la crucifixión y muerte de Jesucristo?
- Permitidme, Majestad, que os responda mediante una parábola--dijo Rabí León--: un poderoso rey tenía un hijo, y ese hijo tenía a su vez un gran número de enemigos. Dichos enemigos acusaron al príncipe ante su padre el rey, de querer destronarlo. El rey hizo venir a su hijo y lo interrogó al respecto, pero el príncipe no dijo ni una sola palabra en su propia defensa, aunque era completamente inocente. Entonces fue llevado ante un tribunal. Muchos testigos declararon contra él, de parte de sus enemigos, pero el príncipe tampoco respondió, y los jueces pronunciaron sobre él la sentencia de muerte. Sólo cuando los verdugos lo llevaban al cadalso, el príncipe se dirigió a su padre el rey y le suplicó que apartase de él los tormentos y la muerte, pero el rey calló, y el príncipe fue ejecutado. Pensad ahora, Majestad: ¿quién tuvo mayor culpa, los jueces o el rey?
Rodolfo II miró a Rabí León, profundamente impresionado y conmovido, y respondió
- Os he comprendido. Tenéis mi protección y mi apoyo para vos y para vuestro pueblo.
La conversación entre el Emperador y el Rabí se prolongó durante otras tres horas, pues Rodolfo II no se cansaba de escuchar a Rabí León, y éste a su vez se alegraba de la inteligencia y comprensión del Emperador. Este hizo venir a algunos de los sabios que vivían en su corte, para que participaran también, entre ellos al astrónomo Tycho Brahe, quien se convertiría en un ferviente admirador del Rabí.
Ya entrada la noche, el mismo carruaje devolvió a su casa a Rabí León, quien llegó muy contento. Cuando le preguntaron por su visita a Palacio, respondió:
- El Emperador ha prometido que no tolerará injusticia alguna contra los judíos. Cuando un cristiano quiera acusar de algo a un judío, tendrá que acudir a un tribunal ordinario y presentar las pruebas establecidas por las leyes para todos los casos. Si un judío fuese hallado culpable de algún delito, queda prohibido castigar por ello a toda la comunidad judía, y desde ahora será obligatorio convocar al rabino y a un representante de la comunidad judía a todo juicio celebrado contra un judío.
Las palabras del Rabí llenaron a los judíos de alegría. Todos sintieron que había llegado una época de paz y de justicia, y los ancianos y padres de familia de la comunidad bendijeron a Rabí León con estas palabras:
"El sabio de corazón es llamado prudente
Los labios justos son el contentamiento de los reyes
y éstos aman al que habla lo recto"
Pasó un tiempo. El Emperador recordaba siempre la asombrosa transformación en flores de las piedras arrojadas contra Rabí León en el puente de Praga, y la extraordinaria conversación mantenida con él en Palacio. Se había informado sobre el Rabí y le habían hablado de sus profundos conocimientos cabalísticos. Ansioso de escucharlo nuevamente, pero sobre todo, de presenciar otros milagros, envió un día su carroza a buscarlo, y quedó asomado a una ventana, en impaciente espera. Al fin vió llegar su carruaje y descender de éste a Rabí León.
- Os he mandado a llamar porque tengo entendido que tenéis poder para realizar múltiples prodigios como el que todos presenciaron en el puente. Tengo huéspedes muy distinguidos en el castillo, y quisiera que vieran lo que voy a pediros: que convoquéis ante nosotros a los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob y a loss doce hijos del último.
Rabí León meditó durante unos minutos y al fin respondió:
- Majestad, vuestro deseo no es nada fácil de satisfacer. Dadme un poco de tiempo para que pueda prepararme a fin de intentarlo
- Sea--respondió Rodolfo II--. Pasado mañana habrá un gran banquete y ese día nos mostraréis lo que sois capaz de hacer.
El día señalado, la carroza imperial recogió a Rabí León en su casa. Todos los judíos habían acordado permanecer orando hasta su regreso.
Al llegar al castillo, el banquete tocaba a su fin. Los servidores que recibieron al Rabí, lo condujeron hasta un amplio salón situado en un ala apartada del castillo, y fueron a avisar al Emperador.
Al poco rato, los convidados comenzaron a entrar al salón, precedidos por Rodolfo II, quien saludó a Rabí León y le indicó que podía comenzar con el prodigio.
- Majestad--respondió el Rabí--, antes debo rogaros que hagáis apagar todas las luces y me permitáis advertir a los presentes que, pase lo que pase, nadie en este salón debe reirse.
Así se hizo: los servidores se llevaron las antorchas y los cirios y la sala quedó en completa oscuridad. A los pocos instantes, surgió ante los presentes una nube que se expandió y experimentó varias metamorfosis, y fue generando varias figuras humanas, hasta que una de ellas, la del Patriarca Abraham, pudo distinguirse claramente.
Abraham caminó lenta y majestuosamente por la sala, y su larga barba blanca parecía agitada por el viento, aunque en el salón no soplaba brisa alguna. De pronto, Abraham desapareció y surgió una nueva nube, de la que salieron las figuras de los Patriarcas Isaac y Jacob, y los doce hijos de éste.
La visión dejó a los presentes sobrecogidos y casi sin aliento, pero se sintieron más relajados al distinguirse a Neftalí, el hijo de Jacob, un mozo pelirrojo y pecoso que entró saltando con pasitos danzarines. El Emperador estalló en una sonora carcajada y los presentes le hicieron coro. De inmediato se oyó un crujido en los artesonados de madera del techo. Miraron hacia arriba y vieron que una nube flameante como un meteoro salía del techo, que comenzó a hundirse. Cundió entonces el pánico. Todos intentaban salir, pero la oscuridad y la confusión les impedían hallar la salida, de modo que se golpeaban y estorbaban los unos a los otros.
- ¡Rabí León, ayudadnos, por amor de Dios!--gritó el Emperador.
Rabí León alzó sus brazos hacia el Cielo y pronunció unas palabras incomprensibles para los presentes. El techo volvió poco a poco a su posición original, como si hubiera sido apuntalado con columnas de acero. Entonces los lacayos pudieron abrir las puertas y entraron con antorchas para conducir al exterior a la aterrada concurrencia.
Pero las huellas del hundimiento quedaron bien visibles en el techo, y nunca más el Emperador se atrevió a celebrar reunión alguna en aquel salón, por temor a que el prodigio se repitiera.
Pasado un tiempo el Emperador, ansioso de presenciar nuevos prodigios, hizo saber a Rabí León que deseaba visitarlo. Pero como conocía cuán pequeñas eran las casitas del barrio judío, le advirtió que llegaría con todo su séquito, curioso por saber cómo se las arreglaría Rabí León para recibir a tanta gente.
Rabí León aceptó gustoso y pocos días después se produjo otro singular acontecimiento en el barrio judío de Praga: la comitiva imperial llegó en varias carrozas a la puerta de Rabí León. Pese a lo presenciado tiempo atrás en el palacio, se permitían dudar de que el Rabí lograra albergarlos a todos en su modesta vivienda.
Rabí León los esperaba para darles la bienvenida y los invitó cortésmente a pasar. Rodolfo II y sus acompañantes quedaron asombrados: no podían concebir cómo en una casa tan pequeña podía haber tan espaciosos salones, ni de dónde había sacado el dueño tan lujosos muebles, espejos y adornos. No faltaban tampoco los más valiosos objetos de arte, bellamente dispuestos, y el Emperador, buen conocedor de obras maestras, tenía que reconocer que nunca las había visto iguales, aunque las decoraciones se limitasen a filigranas, flores y frutos.
Después de mostrar la casa y hacer los honores a sus huéspedes, Rabí León los obsequió con una deliciosa colación: en una mesa de banquete, sobre un mantel exquisitamente bordado, estaban dispuestos exquisitos dulces de varios tipos, panecillos dorados, salsas, pasteles y otras golosinas, y el mejor vino. Aunque era otoño, tampoco faltaban las frutas propias de las cuatro estaciones.
Los invitados comieron y bebieron a placer, y tuvieron que reconocer que aquellos manjares eran incluso superiores a los que se servían en el palacio imperial.
Entre los miembros del séquito imperial se hallaba un noble al que aquellas maravillas dejaron desasosegado. En lugar de alegrarse, como el Emperador y los demás cortesanos, comenzó a idear estratagemas para adquirir los poderes nunca vistos que habían permitido a Rabí León recibirlos tan fastuosamente. Pensó entonces en sustraer alguno de los lujosos objetos que adornaban la casa para intentar comprender su secreto antes de que se desvaneciera lo que creía magia. De este modo, mientras el Emperador se despedía de Rabí León, se apoderó de una copa de oro, la escondió bajo su capa y la llevó a su casa.
Día tras día observó la joya robada para descubrir algún cambio en ella, pero permaneció inalterable. Unas semanas después, llegó a sus oídos una noticia que lo paralizó: en los alrededores de la ciudad, un suntuoso palacio había desaparecido sin dejar rastro, y, pasadas algunas horas, había retornado a su lugar inesperadamente. Nada en él faltaba: ni muebles, ni objetos preciosos, ni cuadros o adornos. Sólo se echaba de menos una copa dorada.
En cuanto supo esto, el noble creyó tener al fin en sus manos la vía para poseer el secreto de tales prodigios, y se apresuró a visitar a Rabí León. Le contó lo que había oído, y como prueba, le mostró la copa de oro creyendo sorprenderlo.
- Sé muy bien, Rabí—dijo el noble—que sóis un Maestro en las artes de la Kabbalah, la doctrina secreta de los judíos, y no podréis engañarme. Enseñadme entonces lo que sabéis. Soy rico y tengo muy buenas relaciones que podrían seros de utilidad.
- Señor--respondió Rabí León--, no puedo enseñaros lo que pretendéis saber. Os ruego que no me preguntéis el motivo. Olvidemos la cuestión y hablemos mejor de otra cosa.
- ¡Escuchadme, Rabí!--casi gritó el noble, enfurecido--Podría hacer mucho por vos, pero también contra vos, así que, ¡tened cuidado, por vos y por vuestro pueblo
- Señor, no quería continuar esta conversación, pero la seguridad de mi pueblo me obliga a hacerlo. Me permitiré preguntaros algo para comenzar: ¿Nunca habéis cometido una injusticia? ¿Nunca habéis hecho daño a nadie? ¿Nunca habéis hecho sufrir a un inocente? ¿Estáis totalmente libre de culpas? Sólo quien lo esté, quien sea un hombre justo y bueno puede ser instruído en la Kabbalah, pues sólo un hombre así la emplearía para el bien y no para fines malvados y egoístas.
- Estoy totalmente libre de culpas-- respondió el noble con arrogancia.
- No obstante, señor, os invito a examinaros-- insistió el Rabí suavemente.
El noble quedó en silencio y palideció. En su mente apareció una figura triste, como envuelta en niebla, en la que reconoció a su hermana: hacía años la había llevado a la muerte mediante intrigas, con el fin de apoderarse de sus bienes. Como llevado por las Furias, el noble salió de la casa del Rabí y nunca más volvió a molestarlo.
Los judíos de la ciudad alemana de Worms, situada junto al Rhin, celebraban la fiesta de Peisaj. La familia de Rabí Bezalel se congregaba alrededor de la mesa. Era el momento de alegrar el corazón recordando las maravillas que el pueblo de Israel había visto y vivido, de celebrar y agradecer la liberación otorgada por el Creador del universo, y también de olvidar las suspicacias, calumnias y persecuciones de las que solían ser víctimas los judíos. Las aguas del Rhin, que bordeaban parte de la ciudad, parecían entonar un cántico de paz, como los que los judíos cantaban aquella noche, y las luces encendidas en sus casas rompían la oscuridad de las calles y regalaban calidez en medio del frío nocturno.
Rabí Bezalel se sentía especialmente feliz, porque además de la alegría propia de la fiesta, su mujer esperaba un hijo. En su mesa no faltaba nada: velas, matzá, buen vino, y demás alimentos
simbólicos bellamente dispuestos según la tradición, y una magnífica cena, sin olvidar la ofrenda para el Profeta Elías. Pero mientras leían la Hagadá correspondiente al Seder, la dicha de su familia y de los demás judíos estuvo a punto de estropearse por un suceso tan inesperado como peligroso: un hombre completamente envuelto en su capa, de modo que resultaba imposible ver su rostro, avanzaba por las calles del barrio judío con un saco al hombro.
Por fortuna, los soldados de la ronda nocturna pasaban por allí y al verlo, sospecharon que podía tratarse de un ladrón y lo detuvieron, no sin fuerte resistencia por parte del embozado. La algarabía desconcertó primero y preocupó después a Rabí Bezalel y a sus vecinos, quienes temieron que pudiera tratarse de alguna maldad urdida contra ellos, cosa por desdicha frecuente, sobre todo en los días de fiesta, pero pronto se tranquilizaron: la guardia nocturna descubrió un cadáver en el saco que el malhechor llevaba, y lo obligaron a confesar allí mismo. El hombre juró que no había asesinado a nadie, sino que, yendo con algunos conocidos suyos por sitios apartados, se habían tropezado con el cadáver de un mendigo recién fallecido y habían ideado dejarlo en alguna calle del barrio judío para, a la mañana siguiente, cuando fuera encontrado, acusarlos de haber cometido un crimen ritual y empleado la sangre en algún rito demoníaco propio de su fiesta.
Los guardias se llevaron al malhechor y los judíos respiraron aliviados y continuaron la fiesta dando gracias al Creador por haberlos salvado de tan peligroso trance. En ese preciso instante, la mujer de Rabí Bezalel sintió los dolores del parto y algunas vecinas acudieron para asistirla. Al poco rato, dió a luz sin contratiempos un hermoso niño. Los vecinos salieron de sus casas y acudieron a verlo y a dar los parabienes a su padre. Todos comentaban sobre los hechos que habían acompañado su nacimiento y decían que aquel niño poseía una especial bendición mediante la cual traería paz y felicidad a su pueblo.
Lleno de alegría, Rabí Bezalel pronunció su propia bendición--que resultó profética--sobre el recién nacido, que dormía en su cuna, pequeño y tierno:
"Has nacido para traer a tu pueblo fortaleza y consuelo,
y en tu nacimiento ha brillado una buena estrella. Defenderás
a los judíos cuando todos los demás les nieguen su ayuda, y
harás grandes cosas por tu pueblo. Sea entonces tu nombre Yehuda,
porque, como está escrito, 'Judá es un joven león'"
A los ocho días se celebró la circuncisión del niño, y le fue puesto por nombre Yehuda ben Bezalel.
Pasó el tiempo. Yehuda crecía y se fortalecía en cuerpo y en espíritu. Su inteligencia y sus dotes asombraban a todos. Cuando llegó a la adolescencia, y una vez celebrado su Bar-mitzvá, Rabí Bezalel decidió enviarlo a continuar los estudios rabínicos en una de las más famosas y respetadas Yeshivas que por entonces se conocían, situada en la ciudad de Praga. El joven se llenó de alegría, porque su sed de saber era inagotable. Así viajó a Praga y pronto se convirtió en el más destacado de los estudiantes. Su inteligencia floreció aún más y su nombre se hizo conocido entre los judíos de muchas comarcas.
En aquellos años vivía en Praga un rico comerciante judío llamado Samuel Schmelke, que tenía un hijo ya casado, que se ocupaba de sus negocios en Polonia, y una hija adolescente llamada Perla, de la que se decía que era en verdad una perla escogida entre las jóvenes por las numerosas virtudes que la adornaban. Como era costumbre prometer en matrimonio a los hijos a temprana edad, el padre se preocupó por elegir un novio adecuado para ella, y se decidió por Yehuda ben Bezalel, cuyas buenas cualidades eran alabadas por doquier. El compromiso se celebró según la tradición y los jóvenes, al conocerse mejor, se enamoraron profundamente.
Poco después, el señor Schmelke envió a Yehuda a Polonia, a casa de su hijo mayor, para que completara su formación en las escuelas talmúdicas del país.
Mientras el futuro yerno descubría nuevos tesoros del saber, los judíos de Praga fueron oprimidos con impuestos y contribuciones cada vez mayores, precisamente cuando los negocios de Samuel Schmelke no iban tan bien como antes. De este modo, entre pérdidas financieras y pago de tributos, el futuro suegro se encontró un buen día completamente arruinado y en la miseria. Lleno de pesar al verse en semejante situación en su vejez, Schmelke escribió una carta a Yehuda:
"Querido hijo, te había prometido a mi hija Perla con una cuantiosa dote que os permitiría vivir libres de preocupaciones, pero he perdido toda mi fortuna y apenas nos queda para vivir. Como no puedo cumplir lo acordado, te libero del compromiso con ella y te deseo que contraigas un matrimonio mejor".
Aunque entristecido por el contratiempo, Yehuda no quiso romper el compromiso con Perla. Sin embargo, hizo saber al padre que, en caso de presentarse para ella un pretendiente de fortuna que pudiese ayudar a la familia, estaría dispuesto a renunciar a la joven en favor de la prosperidad de los Schmelke.
Pasó algún tiempo y Perla, incapaz de soportar la visión de sus ancianos padres agobiados por la miseria, se las ingenió para abrir una panadería con cuyas ganancias pudiera aliviar las necesidades familiares. Trabajaba de la mañana a la noche y no obtenía mucho dinero, pero al menos no pasaban hambre ni frío.
Un buen día, un soldado llegó a la panadería de Perla. En países vecinos había guerra, y a menudo los soldados atravesaban a caballo la ciudad de Praga en una u otra dirección. El soldado iba cubierto de polvo y hambriento, y tras ensartar una hogaza recién horneada con su lanza, intentó huir, pero Perla corrió a su encuentro y le interrumpió el paso, llorando y gritando que no se fuera sin pagar, porque de sus modestas ganancias dependía el sustento de sus padres.
- No he comido nada desde hace días--respondió el soldado--y no tengo dinero con qué pagarte. Déjame el pan, te lo ruego, y a cambio te daré en prenda un fardo de lino. Si no vuelvo antes de la noche con el dinero, quédate con él y que te sea de provecho.
Perla aceptó, y el soldado sacó de sus alforjas una gran pieza de lino, que le entregó. Llegó la noche y el jinete no regresó. Perla esperó durante muchos días hasta que consideró que había transcurrido el tiempo suficiente como para dar por suya la prenda. No había hecho más que abrir el fardo, cuando cayó de él una lluvia de ducados de oro.
La alegría de Perla y de sus padres no tuvo límites: con tanto dinero no sólo podrían vivir holgadamente, sino también pagar la dote de la joven y celebrar su boda con Yehuda. Samuel Schmelke escribió al yerno y le contó las buenas noticias. También le dijo que aquel jinete había sido sin duda el profeta Elías, quien es sabido que socorre a los pobres y no abandona a los necesitados.
Yehuda regresó a Praga en cuanto pudo y las bodas se celebraron. Sobre los novios llovieron las bendiciones y los elogios, pues si él poseía sabiduría y dotes en abundancia, a ella la adornaban tantas virtudes que hacía honor a su nombre de Perla. Muy pronto Yehuda se convirtió en el rabino de la ciudad y desde entonces lo llamaron Rabí León de Praga, pues era considerado por los doctores de la Ley como el León de los sabios y un favorecido del Señor.
Rabí León se enfrenta a la epidemia
En aquellos tiempos era frecuente que la peste, también llamada muerte negra, asolara las ciudades y sembrara por doquier el terror y la muerte. Al ser desconocidas entonces sus causas y las posibles medidas preventivas, la epidemia se consideraba un castigo divino y se culpaba de provocarla a herejes y hechiceros supuestos o reales, y sobre todo, a los judíos. De éstos últimos se decía que envenenaban las fuentes y pozos de agua para exterminar a los cristianos, sin que el más elemental sentido común hiciera comprender que los judíos tenían que utilizar el agua de esas mismas fuentes, pues no había otras, y se veían tan diezmados por la peste como los demás.
En vida de Rabí León tuvo lugar una de esas terribles epidemias. Como ocurrió con el resto de la ciudad, el barrio judío fue fuertemente atacado y murió más de la cuarta parte de sus habitantes. Pero lo más terrible era que la peste se cebaba sobre todo entre los niños, y los padres creían morir de dolor al presenciar impotentes la agonía de sus hijos. El cementerio judío no daba ya abasto para tantas víctimas y no había una familia que no tuviera que lamentar al menos una pérdida. A toda hora del día se rogaba en la sinagoga y en las casas por el auxilio del Cielo, pero la mortandad de niños no mermaba.
Rabí León decretó un riguroso ayuno para implorar la misericordia divina, pero el ángel de la muerte no se apartaba de la ciudad y menos aún de los niños judíos. Rabí León no descansaba un instante, brindando asistencia espiritual y presidiendo las súplicas y las oraciones fúnebres, y permanecía despierto durante la mayoría de las noches buscando en los libros sagrados y en las obras de los sabios judíos alguna solución para tanta desgracia. Toda su sabiduría le parecía inútil ante el poder devastador de la muerte y temía que la grey infantil judía desapareciera, si no ocurría un milagro.
Una de esas madrugadas, Rabí León se sintió exhausto por el trabajo y por las penas, y el sueño lo invadió. Apenas se había dormido, cuando apareció ante él la figura del profeta Elías, quien le indicó en silencio levantarse y seguirlo.
Rabí León siguió al profeta Elías por las calles más desiertas de Praga hasta llegar al cementerio judío. A la luz de la luna contempló las tumbas de los niños recién enterrados, con la tierra aún suelta. En eso, el carrillón del Ayuntamiento inició las campanadas de medianoche. Con la primera, la tierra de las sepulturas fue removida y de ellas salieron poco a poco los niños muertos, envueltos en sus mortajas blancas, que comenzaron a correr y a saltar entre las tumbas y a danzar en coro. Sorprendido ante semejante visión, el rabí dirigió su vista hacia el profeta Elías, que permanecía silencioso e imponente junto a la puerta del cementerio y vió como su silueta desaparecía en la oscuridad de la noche. Rabí León quiso preguntarle qué significaba todo aquello, pero de su boca no brotaba sonido alguno. Entonces se despertó, sudoroso y angustiado. Miró a su alrededor y sólo pudo vislumbrar las paredes de la habitación, en medio de la oscuridad.
Rabí León no pudo dormir más. Pasó el resto de la noche meditando sobre su extraño sueño y el mensaje que sin duda encerraba. Con las luces de la aurora, su mente se iluminó y lo comprendió todo. Entonces trazó su plan: entre sus discípulos había uno especialmente virtuoso y temeroso de Dios, cuya alma no conocía el miedo ni retrocedía ante ningún peligro. Lo mandó a buscar y le habló de este modo:
- Sé que tu corazón es puro y valeroso, y por eso quiero que me ayudes a salvar a nuestra comunidad, sobre todo a los niños. Estamos siendo azotados por la cólera divina y aún no sabemos la causa. Para averiguarla existe sólo un medio: debes ir hoy, tarde en la noche, a nuestro cementerio y aguardar allí la medianoche. No te asustes, pues el profeta Elías estará a tu lado, aunque no puedas verlo. A medianoche se abrirá la tierra, y de las tumbas saldrán los niños judíos muertos por la epidemia, que envueltos en sus mortajas, comenzarán a correr y a bailar entre las tumbas. Escóndete lo más cerca posible de ellos y vigílalos. Cuando alguno pase por tu lado, le arrebatarás la mortaja y correrás a traérmela. Te estaré esperando aquí mismo.
El discípulo prometió cumplir con el mandato y así lo hizo: a la noche siguiente fue al cementerio y se ocultó tras una de las lápidas infantiles. Al sonar las campanadas de medianoche, los niños salieron de sus tumbas, envueltos en sus mortajas blancas, y comenzaron a correr y a bailar. Entonces extendió su mano hacia el más cercano e intentó apoderarse de su mortaja, pero la mano, temblorosa por la fuerte impresión, no logró asirla con fuerza y el niño escapó. El discípulo elevó su corazón hacia lo Alto y pidió serenidad. Sólo al séptimo intento, consiguió arrebatar la mortaja a uno de los niños, y marchó a toda prisa al encuentro de Rabí León. A sus espaldas, las danzas y juegos de los niños continuaban.
Rabí León velaba, en espera de su discípulo. Al llegar éste, cerró la puerta y le indicó seguirlo hasta una pieza desde cuya ventana podían ver cuanto pasara en la calle. Allí aguardaron, iluminados tan sólo por la luna, a que el carrillón diera la una de la madrugada, pues a esa hora los niños muertos debían regresar a sus tumbas. Pero ésto resultaría imposible para el niño al que habían robado la mortaja.
Al sonar la campanada, ambos vieron deslizarse por la calle a la luz de la luna la figura de un niño hasta la casa de Rabí León. El pequeño tocó a la puerta y gritó:
- ¡Devolvedme mi mortaja, os lo suplico! ¡Sin ella no puedo volver a mi tumba y no encontraré el descanso!
- Te la devolveremos con una condición--respondió Rabí León--, y es que nos digas por qué han muerto tantos niños judíos.
- ¡Por favor, devolvedme mi mortaja!--replicó el niño--¡No puedo ni quiero revelaros ese secreto!
- Entonces no te daremos tu mortaja--le aseguró el rabí
El niño se echó a llorar amargamente, y tan tristes eran sus lamentos que el corazón del discípulo se conmovió y pidió al rabí que le entregara la mortaja y lo dejara ir sin más, pero Rabí León sabía que la única forma de detener tantas muertes, indicada por el Profeta Elías, era mantenerse firme. De tal modo, dejó al niño llorar e implorar cuanto quisiera sin hacerle caso, hasta que el pequeño se dió por vencido y dijo
- Os diré cuanto queráis saber: en el callejón de la izquierda hay una casa que tiene un cántaro dibujado en el dintel. Allí viven dos mujeres malvadas y pecadoras que sacrificaron a sus propios hijos en horribles ceremonias de hechicería, y desde ese instante, el ángel de la muerte hace estragos en la ciudad, pero sobre todo entre los niños.
Rabí León devolvió la mortaja al pequeño, que voló hacia el cementerio. Llegada la mañana, envió al discípulo a casa de las dos mujeres con la orden de comparecer ante él. Quedaron tan sorprendidas como aterrorizadas al escuchar por boca del rabí su pecado, que creían oculto, y no fueron capaces de negarlo. Rabí León convocó al tribunal rabínico, que tras conocer el espantoso crimen y verificar los hechos, las condenó a muerte.
Una vez cumplida la sentencia, el ángel de la muerte abandonó la ciudad de Praga. Los habitantes dieron gracias al Señor por su misericordia y la fama de Rabí León creció y se esparció a los cuatro vientos, hasta llegar a oídos del emperador.
Rabí León y el Emperador
Cada cierto tiempo, los judíos de Praga y de toda Europa eran víctimas de malvadas campañas de difamación, dirigidas no sólo a desprestigiarlos, sino a exaltar al populacho contra ellos. De ese modo, además de la muerte y el destierro forzoso de muchos inocentes, los instigadores conseguían apoderarse de los bienes de los judíos y no pagar las deudas contraídas con ellos. La más utilizada de todas las mentiras era que los judíos asesinaban cristianos, preferentemente niños, para emplear su sangre en ritos satánicos, que el fanatismo y la ignorancia asociaban a su religión
Así las cosas, Rabí León fue informado de que aquellos rumores se esparcían una vez más por Praga y por las ciudades cercanas, y quedó extremadamente preocupado, porque sabía cuán delgado era el hilo que separaba las calumnias de los más crueles ataques. Tras mucho meditar sobre una posible solución, Rabí León pensó en el Rey y Emperador Rodolfo II, que en aquellos tiempos gobernaba el país y muchos otros territorios.
Rodolfo II tenía fama de monarca tolerante y justo, amante de las artes y las ciencias y de todas las formas del saber. En su corte de Praga se reunían los más sobresalientes talentos de toda Europa y aun encontraban acogida los perseguidos por el Santo Oficio a causa de sus ideas o de sus descubrimientos. No faltaban tampoco astrólogos, alquimistas, magos y demás sabios, sobre todo científicos y filósofos, mirados con gran recelo en otros países. La fuerza de los astros, el elixir vitae o la piedra filosofal se tenían por temas tan dignos de atención como la veracidad del sistema de Copérnico o las más novedosas observaciones anatómicas.
Todo eso hizo pensar a Rabí León que el Emperador sería capaz de escucharlo y de comprenderlo y, ¿por qué no?, de hacer justicia y de proteger a los judíos. Pero sabía que no era nada fácil obtener una audiencia privada con Rodolfo II, y decidió arriesgarse por caminos más inusitados.
Rabí León sabía que el Emperador acostumbraba a viajar dos o tres veces por semana desde la orilla del Moldau a la parte más antigua de la ciudad, atravesando el puente de piedra. A la primera oportunidad, se mezcló desde temprano con la muchedumbre de curiosos que aguardaban el paso de la carroza imperial. Cuando ésta se hizo visible, el pueblo comenzó a dar vivas al Emperador. Entonces, Rabí León salió de entre la multitud y se colocó en mitad del camino por donde debía pasar el carruaje.
- ¡Fuera de ahí, judío! ¡Quítate del camino!--gritaba la gente.
Pero el Rabí no se inmutó.
-¡Largo de ahí, judío!--repitieron, y comenzaron a lanzar piedras y bolas de fango contra Rabí León para obligarlo a apartarse del camino, pero unas y otras se transformaron en las más bellas y perfumadas flores que cayeron a los pies del rabino.
Desde su carroza, el Emperador escuchó los gritos y exclamaciones de asombro, y se asomó curioso. Entonces los caballos vacilaron, como si hubieran encontrado un invencible obstáculo y se detuvieron ante Rabí León, quien se aproximó a la ventana del carruaje y rogó al Emperador que le concediera una audiencia privada. Rodolfo II, maravillado ante lo ocurrido, le prometió recibirlo al cabo de siete días.
Una semana justa después, en la judería de Praga sucedía algo nunca visto: un carruaje imperial se detenía ante la casa de Rabí León y un lacayo llamaba a su puerta para llevarlo al palacio imperial. Todos los vecinos, que habían salido de sus casas a presenciar el inusitado acontecimiento, quedaron estupefactos al ver al rabino subir a la carroza, que partió en dirección a Palacio.
Al llegar, otro servidor condujo a Rabí León a un lujoso aposento cuyas paredes estaban cubiertas por inmensos cortinajes. Allí lo aguardaba un gentilhombre, que le ofreció un sillón y tomó asiento frente a él.
- Debo informaros de que el Emperador ha debido ocuparse de ciertos imprevistos y me ha encargado escucharos y atender vuestra petición. Os ruego entonces que habléis con confianza.
Rabí León contó al gentilhombre sus preocupaciones y temores, y el nombre de todos los judíos del lugar pidió la protección imperial contra calumnias y agresiones. Por último, explicó los principales artículos de la fe judía, e hizo hincapié en la prohibición de ingerir sangre y en que hasta los sacrificios de ovejas y bueyes indicados en la Biblia habían dejado de hacerse después de la destrucción del templo, por lo que las acusaciones de emplear sangre cristiana en sacrificios rituales era tan absurda como malintencionada.
Rabí León acababa de concluir su exposición, cuando uno de los pesados cortinajes se movió, y apareció el Emperador, que había estado escuchando durante todo el tiempo y que había quedado nuevamente impresionado por el Rabí, esta vez por su sabiduría y honradez.
- Os haré una pregunta, Rabí León--dijo Rodolfo II--y de vuestra respuesta dependerá que tome o no a los judíos bajo mi protección directa. Decidme: ¿son o no son culpables los judíos de la crucifixión y muerte de Jesucristo?
- Permitidme, Majestad, que os responda mediante una parábola--dijo Rabí León--: un poderoso rey tenía un hijo, y ese hijo tenía a su vez un gran número de enemigos. Dichos enemigos acusaron al príncipe ante su padre el rey, de querer destronarlo. El rey hizo venir a su hijo y lo interrogó al respecto, pero el príncipe no dijo ni una sola palabra en su propia defensa, aunque era completamente inocente. Entonces fue llevado ante un tribunal. Muchos testigos declararon contra él, de parte de sus enemigos, pero el príncipe tampoco respondió, y los jueces pronunciaron sobre él la sentencia de muerte. Sólo cuando los verdugos lo llevaban al cadalso, el príncipe se dirigió a su padre el rey y le suplicó que apartase de él los tormentos y la muerte, pero el rey calló, y el príncipe fue ejecutado. Pensad ahora, Majestad: ¿quién tuvo mayor culpa, los jueces o el rey?
Rodolfo II miró a Rabí León, profundamente impresionado y conmovido, y respondió
- Os he comprendido. Tenéis mi protección y mi apoyo para vos y para vuestro pueblo.
La conversación entre el Emperador y el Rabí se prolongó durante otras tres horas, pues Rodolfo II no se cansaba de escuchar a Rabí León, y éste a su vez se alegraba de la inteligencia y comprensión del Emperador. Este hizo venir a algunos de los sabios que vivían en su corte, para que participaran también, entre ellos al astrónomo Tycho Brahe, quien se convertiría en un ferviente admirador del Rabí.
Ya entrada la noche, el mismo carruaje devolvió a su casa a Rabí León, quien llegó muy contento. Cuando le preguntaron por su visita a Palacio, respondió:
- El Emperador ha prometido que no tolerará injusticia alguna contra los judíos. Cuando un cristiano quiera acusar de algo a un judío, tendrá que acudir a un tribunal ordinario y presentar las pruebas establecidas por las leyes para todos los casos. Si un judío fuese hallado culpable de algún delito, queda prohibido castigar por ello a toda la comunidad judía, y desde ahora será obligatorio convocar al rabino y a un representante de la comunidad judía a todo juicio celebrado contra un judío.
Las palabras del Rabí llenaron a los judíos de alegría. Todos sintieron que había llegado una época de paz y de justicia, y los ancianos y padres de familia de la comunidad bendijeron a Rabí León con estas palabras:
"El sabio de corazón es llamado prudente
Los labios justos son el contentamiento de los reyes
y éstos aman al que habla lo recto"
Pasó un tiempo. El Emperador recordaba siempre la asombrosa transformación en flores de las piedras arrojadas contra Rabí León en el puente de Praga, y la extraordinaria conversación mantenida con él en Palacio. Se había informado sobre el Rabí y le habían hablado de sus profundos conocimientos cabalísticos. Ansioso de escucharlo nuevamente, pero sobre todo, de presenciar otros milagros, envió un día su carroza a buscarlo, y quedó asomado a una ventana, en impaciente espera. Al fin vió llegar su carruaje y descender de éste a Rabí León.
- Os he mandado a llamar porque tengo entendido que tenéis poder para realizar múltiples prodigios como el que todos presenciaron en el puente. Tengo huéspedes muy distinguidos en el castillo, y quisiera que vieran lo que voy a pediros: que convoquéis ante nosotros a los Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob y a loss doce hijos del último.
Rabí León meditó durante unos minutos y al fin respondió:
- Majestad, vuestro deseo no es nada fácil de satisfacer. Dadme un poco de tiempo para que pueda prepararme a fin de intentarlo
- Sea--respondió Rodolfo II--. Pasado mañana habrá un gran banquete y ese día nos mostraréis lo que sois capaz de hacer.
El día señalado, la carroza imperial recogió a Rabí León en su casa. Todos los judíos habían acordado permanecer orando hasta su regreso.
Al llegar al castillo, el banquete tocaba a su fin. Los servidores que recibieron al Rabí, lo condujeron hasta un amplio salón situado en un ala apartada del castillo, y fueron a avisar al Emperador.
Al poco rato, los convidados comenzaron a entrar al salón, precedidos por Rodolfo II, quien saludó a Rabí León y le indicó que podía comenzar con el prodigio.
- Majestad--respondió el Rabí--, antes debo rogaros que hagáis apagar todas las luces y me permitáis advertir a los presentes que, pase lo que pase, nadie en este salón debe reirse.
Así se hizo: los servidores se llevaron las antorchas y los cirios y la sala quedó en completa oscuridad. A los pocos instantes, surgió ante los presentes una nube que se expandió y experimentó varias metamorfosis, y fue generando varias figuras humanas, hasta que una de ellas, la del Patriarca Abraham, pudo distinguirse claramente.
Abraham caminó lenta y majestuosamente por la sala, y su larga barba blanca parecía agitada por el viento, aunque en el salón no soplaba brisa alguna. De pronto, Abraham desapareció y surgió una nueva nube, de la que salieron las figuras de los Patriarcas Isaac y Jacob, y los doce hijos de éste.
La visión dejó a los presentes sobrecogidos y casi sin aliento, pero se sintieron más relajados al distinguirse a Neftalí, el hijo de Jacob, un mozo pelirrojo y pecoso que entró saltando con pasitos danzarines. El Emperador estalló en una sonora carcajada y los presentes le hicieron coro. De inmediato se oyó un crujido en los artesonados de madera del techo. Miraron hacia arriba y vieron que una nube flameante como un meteoro salía del techo, que comenzó a hundirse. Cundió entonces el pánico. Todos intentaban salir, pero la oscuridad y la confusión les impedían hallar la salida, de modo que se golpeaban y estorbaban los unos a los otros.
- ¡Rabí León, ayudadnos, por amor de Dios!--gritó el Emperador.
Rabí León alzó sus brazos hacia el Cielo y pronunció unas palabras incomprensibles para los presentes. El techo volvió poco a poco a su posición original, como si hubiera sido apuntalado con columnas de acero. Entonces los lacayos pudieron abrir las puertas y entraron con antorchas para conducir al exterior a la aterrada concurrencia.
Pero las huellas del hundimiento quedaron bien visibles en el techo, y nunca más el Emperador se atrevió a celebrar reunión alguna en aquel salón, por temor a que el prodigio se repitiera.
Pasado un tiempo el Emperador, ansioso de presenciar nuevos prodigios, hizo saber a Rabí León que deseaba visitarlo. Pero como conocía cuán pequeñas eran las casitas del barrio judío, le advirtió que llegaría con todo su séquito, curioso por saber cómo se las arreglaría Rabí León para recibir a tanta gente.
Rabí León aceptó gustoso y pocos días después se produjo otro singular acontecimiento en el barrio judío de Praga: la comitiva imperial llegó en varias carrozas a la puerta de Rabí León. Pese a lo presenciado tiempo atrás en el palacio, se permitían dudar de que el Rabí lograra albergarlos a todos en su modesta vivienda.
Rabí León los esperaba para darles la bienvenida y los invitó cortésmente a pasar. Rodolfo II y sus acompañantes quedaron asombrados: no podían concebir cómo en una casa tan pequeña podía haber tan espaciosos salones, ni de dónde había sacado el dueño tan lujosos muebles, espejos y adornos. No faltaban tampoco los más valiosos objetos de arte, bellamente dispuestos, y el Emperador, buen conocedor de obras maestras, tenía que reconocer que nunca las había visto iguales, aunque las decoraciones se limitasen a filigranas, flores y frutos.
Después de mostrar la casa y hacer los honores a sus huéspedes, Rabí León los obsequió con una deliciosa colación: en una mesa de banquete, sobre un mantel exquisitamente bordado, estaban dispuestos exquisitos dulces de varios tipos, panecillos dorados, salsas, pasteles y otras golosinas, y el mejor vino. Aunque era otoño, tampoco faltaban las frutas propias de las cuatro estaciones.
Los invitados comieron y bebieron a placer, y tuvieron que reconocer que aquellos manjares eran incluso superiores a los que se servían en el palacio imperial.
Entre los miembros del séquito imperial se hallaba un noble al que aquellas maravillas dejaron desasosegado. En lugar de alegrarse, como el Emperador y los demás cortesanos, comenzó a idear estratagemas para adquirir los poderes nunca vistos que habían permitido a Rabí León recibirlos tan fastuosamente. Pensó entonces en sustraer alguno de los lujosos objetos que adornaban la casa para intentar comprender su secreto antes de que se desvaneciera lo que creía magia. De este modo, mientras el Emperador se despedía de Rabí León, se apoderó de una copa de oro, la escondió bajo su capa y la llevó a su casa.
Día tras día observó la joya robada para descubrir algún cambio en ella, pero permaneció inalterable. Unas semanas después, llegó a sus oídos una noticia que lo paralizó: en los alrededores de la ciudad, un suntuoso palacio había desaparecido sin dejar rastro, y, pasadas algunas horas, había retornado a su lugar inesperadamente. Nada en él faltaba: ni muebles, ni objetos preciosos, ni cuadros o adornos. Sólo se echaba de menos una copa dorada.
En cuanto supo esto, el noble creyó tener al fin en sus manos la vía para poseer el secreto de tales prodigios, y se apresuró a visitar a Rabí León. Le contó lo que había oído, y como prueba, le mostró la copa de oro creyendo sorprenderlo.
- Sé muy bien, Rabí—dijo el noble—que sóis un Maestro en las artes de la Kabbalah, la doctrina secreta de los judíos, y no podréis engañarme. Enseñadme entonces lo que sabéis. Soy rico y tengo muy buenas relaciones que podrían seros de utilidad.
- Señor--respondió Rabí León--, no puedo enseñaros lo que pretendéis saber. Os ruego que no me preguntéis el motivo. Olvidemos la cuestión y hablemos mejor de otra cosa.
- ¡Escuchadme, Rabí!--casi gritó el noble, enfurecido--Podría hacer mucho por vos, pero también contra vos, así que, ¡tened cuidado, por vos y por vuestro pueblo
- Señor, no quería continuar esta conversación, pero la seguridad de mi pueblo me obliga a hacerlo. Me permitiré preguntaros algo para comenzar: ¿Nunca habéis cometido una injusticia? ¿Nunca habéis hecho daño a nadie? ¿Nunca habéis hecho sufrir a un inocente? ¿Estáis totalmente libre de culpas? Sólo quien lo esté, quien sea un hombre justo y bueno puede ser instruído en la Kabbalah, pues sólo un hombre así la emplearía para el bien y no para fines malvados y egoístas.
- Estoy totalmente libre de culpas-- respondió el noble con arrogancia.
- No obstante, señor, os invito a examinaros-- insistió el Rabí suavemente.
El noble quedó en silencio y palideció. En su mente apareció una figura triste, como envuelta en niebla, en la que reconoció a su hermana: hacía años la había llevado a la muerte mediante intrigas, con el fin de apoderarse de sus bienes. Como llevado por las Furias, el noble salió de la casa del Rabí y nunca más volvió a molestarlo.
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